Cómo rearmar un cuerpo

Es como si fuera posible que esos cuerpos descuartizados fueran bloques encastrables dispersos por todo el mundo. Bloques que encontramos en un juego perverso y desalentador, pero que aparecen solo gracias a nosotras. Una montaña enorme de cuerpos desechados como enigma de nuestra búsqueda: el feminismo para aprender a armarse. Tenemos voz, tenemos mirada y nos falta escucha.

Primero, recuperamos la voz y con ella, la mirada. Virginia Woolf nos avisaba en 1929 en el ensayo Un cuarto propio que nos estábamos perdiendo no solo la capacidad de decir de las mujeres sino también su punto de vista, sus historias: “Durante millones de años las mujeres han estado sentadas en casa, y ahora las paredes mismas se hallan impregnadas de esta fuerza creadora, que ha sobrecargado de tal modo la capacidad de los ladrillos y de la argamasa que forzosamente se engancha a las plumas, los pinceles, los negocios y la política. Pero este poder creador difiere mucho del poder creador del hombre. Y debe concluirse que sería una lástima terrible que le pusieran trabas o lo desperdiciaran, porque es la conquista de muchos siglos de la más dura disciplina y no hay nada que lo pueda sustituir”

Y recuperar la voz de las mujeres no es solo tener la posibilidad de hablar gracias a la lucha incansable de generaciones insurgentes. Veo allí también una venganza: una manera de sacarle el cuchillo de la garganta a nuestras compañeras violentadas y muertas por el suplicio machista. Un ejército que construimos de voces altas como puños y palabras molestas porque lo que hay para decir es muy brutal como para seguir respetando el tono protocolar y la educación de monasterio. Puedo decir con todas las palabras que daría todo lo que tengo por ver a un violador recagado de miedo pidiendo por favor que no lo mate y viéndose a sí mismo condenado a la reclusión de su casa solo por preservar su seguridad.

Recuperar la voz es saber que tengo todo el derecho del mundo a estar resentida, porque no conozco a ninguna mujer que no haya sufrido algún abuso o violencia solo por nacer con concha o haber decidido devenir mujer. Mi voz es esta, la que dice las palabras que descolocan cuando las largo toda arregladita y con labial rojo en la boca. 

Mi mirada es esta, la que ningún hombre podría sustituir porque no ve, no se da cuenta de que el piso está sucio ni que un nene quiere que le hagan upa ni se percata de la mirada de vergüenza de la novia de su amigo cuando el imbécil la humilla. Recuperamos la mirada y la sumamos a este cuerpo que somos todas cuando, empujadas una por la otra, nos animamos a salir a decir lo que hemos visto aunque hayan tratado de ocultar. Y los ojos que miran a través del llanto no ven lo mismo que los que lo que lo causan.

Quiero callarme un rato la boca. Pienso en el poema de Susana Thénon: “esa mujer ¿por qué grita? / andá a saber / mirá que flores bonitas / ¿por qué grita? / jacintos margaritas / ¿por qué? / ¿por qué qué? / ¿por qué grita esa mujer?” En el poema habitan dos personajes que se interrumpen. Se oye la pregunta y se oye una respuesta que no responde sino que tapa: “mirá qué flores bonitas”. Y es precisamente a la hora de ver las hermosas flores que nos pusieron siempre en frente (a algunas) cuando todo el brillo y el perfume que de ellas emana nos causa repulsión.

El feminismo para muchas (para las privilegiadas como yo) no es solamente haber sentido unas manos de varón apretadas en el brazo sino haber podido escuchar. Quiero callarme la boca más seguido y darle al silencio eso que tiene para darme: la voz de mis compañeras pidiendo ayuda detrás de las flores bonitas que tiene el mundo cínico para ofrecerme. Quiero aprender a callar y armar así nuestro cuerpo colectivo descuartizado en símbolo y carne. A seis años del primer Ni Una Menos, además de la voz y de la mirada, quiero recuperar la escucha.