Un bichito de luz

El dolor puede ser un compañero duradero, pero la dicha es una estrella fugaz. Recuerdo haber pedido un deseo: que ese momento se le escapara al olvido. Puedo decir con orgullo que atrapé un momento como si fuera un bichito de luz en un frasco. De vidrio para verlo a cada rato y con una red arriba para que pueda respirar.

Si miro para adentro nos veo: caminamos por el medio de una avenida platense Paula, Andrea, Belén y yo enganchadas de los brazos como si fuéramos una cadena. Alrededor, las mujeres andan de a pocas o de a muchas en distintas direcciones. Luego sabré que somos 200.000. Todavía no se arman las columnas de la marcha que cierra el Encuentro Plurinacional de mujeres y disidencias.

Se termina el día. Hay un camino recorrido a partir del dolor. Hay dolor en cada una de nosotras. A veces me pregunto qué se sentirá vivir sin que me odien sistemáticamente. Otras veces siento que no puede ser cierta tanta muerte. La aniquilación es inminente y yo estoy acá, con esta suerte irónica. Aún con todo ese abuso sostenido, agradezco que el asesinato de una mujer no haya sucedido en este cuerpo. ¿Agradezco? Sí, agradezco. Ser mujer es sobrevivir. En un balcón cuelga una bandera que dice “Acá también alguien abortó”.

Tiempo después, me daré cuenta de que mirar directo al sol es una manera de revelar el rollo de las fotos que saqué con mis ojos. En mi memoria funciona como una imagen clave para encontrar ese día y reconstruirlo para adelante y para atrás. 

Para atrás estoy yo entrando a la estación de Constitución al grito de “¡Nos vamos a subir a este!” y está Belén teniendo la reacción más rápida de la historia. Estamos, también, las cuatro subidas al Roca con la respiración agitada festejando por haber llegado al tren que amenazaba con irse sin nosotras. También está esa mujer en la mesa latinoamericana tomando la palabra para decir que en el monte no hay 144 que atienda, pero ahí es donde ella va a llegar. Y con un cajón de palabras casi vacío está atando todas nuestras gargantas con una sola frase: gracias por dejarme hablar.

Para adelante hay noche y estamos nosotras diciendo “Che, se está haciendo medio tarde para volver”. Para adelante está Belén quedándose dormida en mi hombro como un gatito indefenso. Y estoy yo tratando de hacerme cómoda en una butaca del tren, imaginándome rellena de plumas, con una piel de doscientos diez hilos para ella.

Pero el bichito de luz es mirar el atardecer que me pega en la cara como si jugara a detenerse dos grados antes del fastidio. Paula, Andrea y Belén están increíblemente calladas. Yo veo la calle toda para nosotras y ocupada en ese encuentro.

-Hoy es perfecto -digo en voz alta. Las tres me miran con media sonrisa y agrego: -nunca me sentí tan segura como hoy-. Lo que sigue es un campo de fuerza alrededor de mí, un escudo contra el mundo hecho de brazos de mujeres.