Esta marea verde que dicen

Esta marea verde que dicen. La periodicidad del no quietismo, la disponibilidad del agua frente a dos fuerzas diversas. Esta marea verde que dicen. Traje una campera porque pensé que iba a hacer frío como la otra vez. ¿Te acordás el frío que tuvimos la otra vez? Mi cuerpo se quedó ahí, mareado. Está allá todavía, pero también se mueve -acá, con nosotras- dos años después. Este es otro día histórico, decís, y de nuevo somos parte. Nos movimos mucho desde esa vez que nos abrazamos tanto más para que el mar de la calle se sienta menos helado. Te abrazaría ahora pero no abrazarte es cuidarte también.

Esta marea verde con el resto del desquicie de su ola le dejaría espuma suave en la puerta a esa chica que nos prestó el living de su casa para que durmiéramos un rato. Y también a la que nos regaló en esta misma esquina, durante la primera sanción, un cargador que todavía guardo como souvenir en la mesita de luz. La esquina Perón iluminándose por el semáforo verde, siempre verde, en pausa verde, como demorando su verde hasta que llegue el 29. Nuestros cuerpos mueven este mar, cuerpos disponibles para dejarse afectar más allá del distanciamiento social. No podemos mirarnos como nos mirábamos a los ojos con esa chica mientras compartíamos sus auriculares y veíamos el debate de la media sanción en el 2018, pero nos movemos igual, y el Congreso lo nota.

Esta marea verde que dicen, se mueve. ¿Hace cuánto que se mueve? ¿Cuánto antes que nosotras el mar verde empezó a moverse? Fueron las socorristas las que me dieron mi primer pañuelo, ese que duró unos pocos meses hasta que alguien lo cortó de mi mochila. El nudo seguía moviéndose, el nudo se multiplicaba, el nudo verde en mi mochila sin el resto del cuerpo del pañuelo se regeneraba. Esta marea verde que dicen, y su capacidad regenerativa, multiforme. Dejáme que te acompañe a comprar otro, me dijiste cuando viste el nudo verde, el recuerdo del pañuelo en mi mochila. No tengo más, flacas, se los están llevando todos, nos respondieron y sonreímos. Te regalo el mío, quiero que tengas mi pañuelo, agregaste un ratito después mientras lo desanudabas de tu bolso. Y es ahora cuando te cuento que ya no lo tengo porque se lo regalé a Elena, la española que paró en casa y fue hasta al Congreso a comprar uno, pero tampoco consiguió porque también ese día se los habían llevado a todos. Te regalo el mío, quiero que tengas mi pañuelo, me escucho repetir como en un eco de tu voz. La marea mezcla el agua, el mar mezcla el agua desde antes que nosotras nos mojáramos, tímidas, apenas los pies.

Esta marea y la fuerza catastrófica de sus olas pueden recuperar todos esos cuerpos arrebatados porque hablar del mar es hablar de justicia social, y hablar de justicia social es hablar de algo que va más allá de nuestra carne joven. Como cuando Esther nos dijo que dejaba en nosotras esta lucha para cuando ella ya no esté. Esther apareció llena de glitter en el baño de una pizzería del centro, agotada después de haber viajado durante horas en una trafic con tal de no perderse el día en que esa agua en la que venía remando desde los ochenta se volvía, al fin, inmensa, se volvía, al fin, un mar. A Esther se le notaban en la piel las fluctuaciones de las olas, en sus brazos se veían las marcas de un caudal de agua subversivo que había pedido y seguía pidiendo que ninguna otra mujer muriera producto de un aborto clandestino. Esther guardaba en su cuerpo las marcas de una historia que empezó siendo un poco de agua que pedía justicia y terminó convirtiéndose en una marea capaz de empapar hasta el conservadurismo más dogmático.

”Esa marea verde que dicen es un charquito nomás”, escucho salir de la boca de una diputada celeste. Los límites del charco se expanden. Este charco, nuestro charco, sus formas de marea, su forma de charco más grande, al ritmo y alrededor del charco verde bailan mujeres de todo el mundo. ¿Qué forma tiene su charco, diputada? ¿Forma de niñas que son madres de bebés y no de plástico? ¿Forma de percha, de aguja de tejer, de ramo de ruda y perejil, de inyección vaginal casera? Esa marea verde que dicen, que decimos, la nuestra: la que es un mar porque no puede, porque no quiere ser otro charco de sangre.

Foto: Getty.