¿Pueden las fotos decirnos más de lo que vemos?

“Subí, subí que yo te tengo”. Esas son las palabras que se me vienen a la cabeza cuando agarro la foto en la que sonriendo me sujetás en mi expedición hacia la cima de una escalera plegable. Y vale aclarar que esas palabras son un invento mío. Ni siquiera me acuerdo de aquel día, era muy chiquito. Pero hoy, a mis casi 31 años, pienso que esa foto volvió a mí para decirme algo, algo que seguramente vos, abuelo, nunca te animaste a decirme.

Las fotos tienen el poder de teletrasportarnos al pasado. Crean un canal de comunicación, un medio que puede llevarnos más allá del tiempo e incluso de la muerte.

Ya pasaron varios años de aquel día en el que tu cuerpo dijo “basta, hasta acá llegué”. Y hoy, con el diario del lunes, te recuerdo con el sentimiento más amargo con el que se lo puede recordar a una persona: con lástima. Porque tu silencio fue la bomba que te hizo volar en mil pedazos, y nosotros, tus allegados, en mayor o menor medida, los escombros de dicha explosión. 

Son muchas las familias atravesadas por el silencio. Vínculos que se desgastan, se apagan. Amores que son reducidos a un álbum marca Kodak de los 90’s. 

Sinceramente, no sé cuántas cosas te habrás callado en vida. De seguro, fueron miles. No por nada vivías con un pañuelo atado al cuello, cuidándote de tus anginas crónicas. Tampoco creo que sea una coincidencia que la causa de tu muerte haya sido por un derrame pleural en tus pulmones. Literalmente, estallaste por dentro. Sin embargo, no quiero armar un berrinche con estas palabras. Si las escribo es, precisamente, para evitar caer en un patrón. Poder encontrarle sentido a tu silencio e incluso llegar a entenderlo. Porque muchas veces, detrás de la cobardía que nos silencia, se esconde una razón. O tal vez varias.

Y puede que al reinterpretar las fotos, logremos completar las palabras que nos faltan. Reconciliarnos con el pasado. 

Tu vida es un rompecabezas de piezas perdidas. Y las pocas que llegué a juntar, dicen que naciste en 1938 (una época de mierda) que fuiste el mayor de nueve hermanos y que todas las fichas de la familia estaban puestas en vos. Una presión titánica. También sé que tu niñez fue bastante jodida. Te fumaste varios años en un colegio pupilo de curas, y a un padre tan miserable que, el día que cayó enfermo, la llamaba a tu mamá desde la cama con una campanita, cual sirvienta del medioevo. 

A veces, un portaretratos puede resumir una historia de vida. Llegar a contarnos, incluso, años y años de abuso. 

Todavía me queda algún recuerdo de tu mamá, la bisabuela Terezia: una viejita de pelo blanco, peinado bien chatito. Checoeslovaca, nacida en el año 1912, en un pueblo llamado Jaslovské Bohunice, a pocos kilómetros de la ciudad de Bratislava. Una mujer que, después de venirse al país como exiliada, se casó, literalmente, con un tipo que ni siquiera hablaba su idioma. Me pregunto cuántas cosas se habrá callado la bisabuela a causa de ese matrimonio babélico. Sólo pensarlo me da escalofríos

¿Es entonces la empatía el analgésico milagroso contra nuestros demonios generacionales? Puede que sí. 

Los años después te cruzaron con la abuela Carmen. Juntos apostaron a construir una vida nueva. Se casaron y tuvieron tres hijos, de los cuales uno, o mejor dicho una, merece una mención especial: mi mamá, Alicia. Es por ella que sé todas estas cosas de vos. También me contó que, a pesar de ser un tipo ultra callado, nunca encajaste bien con tu época. Algo que se veía en tus gustos por la música dixieland, Cat Stevens, los Rolling Stones, la movida de Woodstock. O en tus pensamientos anacrónicos, como que la bisexualidad es inherente al ser humano, tal como sucede en el reino animal, según decías. 

Pienso que las imágenes que dejamos no siempre son reflejos nuestros, sino también de sombras, deseos y eso que nos hubiese gustado ser o que no pudimos tener.  La cámara es otra subjetividad más, la mirada que captura y entrega así, la chance de reinterpretación.

Estoy seguro que vos intentaste encontrar en el arte una vía de escape. Una manera de expresión. Cuenta mi mamá que dibujabas del carajo, y que en tu tiempo libre te gustaba armar barcos y aviones de madera (quizás, para que pudieran llevarte lejos). Tampoco me cabe duda que mi amor por los libros viene por parte tuya (hasta compartimos la manía de doblar las páginas a modo de señalador, cosa que suele irritar a varios lectores). Me acuerdo que eras capaz de morfarte una novela en sólo una semana. Sin embargo, tus páginas siempre permanecieron en blanco. Porque no hay libro en la biblioteca que lleve tu nombre, ni cuadro en la pared que esté firmado por vos. Nada, ni siquiera una carta. Y no creo que eso haya sido por motus propio, sino porque algo te frenó a hacerlo. Probablemente, la misma razón que te alejó de mamá y, años más tarde, también de mí, como la historia que se repite una y otra vez. 

Cada vez que agarro los álbumes familiares del armario, por alguna razón se me viene a la cabeza un tema de Bruce Springsteen: “Fear’s a dangerous thing, it can turn your heart black you can trust”. En español, sería algo así como: “El miedo es algo peligroso, puede oscurecer tu corazón, de eso podés tener certeza”. 

No me atrevo a decir que el miedo fue la causa de todos tus males. Creo que sería hasta un toque vanidoso de mi parte. Pero que jugó un papel fundamental, de eso no tengo dudas. Y quizás fue el miedo a la vida lo que te hizo tragar tus palabras, desconectarte de nosotros, tus seres queridos. Pero tampoco quiero culparte, habrás tenido tus razones. Después de todo, ¿quién no fue víctima del miedo? 

Creo que las fotos pueden contener varios mensajes encriptados: puede que estén un un gesto, en una mirada o incluso en una payasada. Sólo es cuestión de animarnos a bucear. El problema es que muchas veces miramos, pero no vemos. 

Y ahora, que vuelvo a ver tu cara en la foto en la que me sujetás con fuerza mientras subo esa escalera, puedo encontrar más palabras que me ayudan a completar el mensaje: “Subí, subí que yo te tengo. Subí y llegá alto, animate a llegar a donde yo nunca pude llegar.”