Hay tensión (demi)sexual

Una vuelta salí con una compañera del trabajo (en pos de cita). Hacía un tiempo que veníamos hablando por fuera del laburo y un día decidimos que no era mala idea ir por una birra. Tiramos fecha, hora y cuando nos quiso caer la ficha, ya estábamos en una birrería cheta de Palermo, mirándonos con los ojos rebalsados de IPA. 

La verdad es que no sé cuánta saliva se nos fue hablando hasta por los codos, pero lo que sí sé es que, de un momento para el otro, nuestras lenguas se hartaron de las palabras y se trenzaron a besos. Pasaron cosas, como quien dice. Y fue ahí, en medio de esa sesión de amor de borrachos, que entré a sentir algo distinto, una conexión que me llevaba más allá del éxtasis cervecero. 

Decidimos cerrar la noche con una ronda más de pintas y, después de eso, nos fuimos caminando de la mano hasta la puerta de su edificio. Ahí nos despedimos con un besazo y con la promesa de volver a repetir la salida. 

Llegué a mi casa con el brío de un pendejo de 15 años. Me tiré en la cama, puse el celu en modo chismoso y la whatsappeé a una amiga: “Che boluda, a que no sabés???” A los pocos minutos, me llegó su respuesta: “Cogieron???” De repente, me empezó a subir un calor incómodo, una sensación de opresión en el pecho. “No, no cogimos, pero igual estuvo bien igual jajaja”, respondí haciéndome el boludo y cambiando rápido la conversación. 

Al rato me fui a dormir algo intranquilo. No era la primera vez que me comía una secuencia así. Me quemaba la cabeza pensando: ¿Por qué todavía no siento ganas de coger? ¿Es normal esto? ¿Hay algo en mi que está roto? Esa tensión, esa vieja tensión, debo reconocer que me cagó un poco la noche. Pero al poco tiempo, boludeando un día en internet, me topé con un término que, al momento, desconocía: demisexual. Después de leer esa definición, sentí una brisa de alivio. Por primera vez, podía poner en palabras varios sentimientos, y también entender que a otros les pasaba lo mismo. Bueno, soy demisexual, me dije. No estoy roto entonces.

Alonorma y espectro ACE

Ahora bien, ¿qué significa ser demisexual? Si vamos a la definición, una persona demisexual es aquella que no siente atracción sexual por otra sin antes haber formado un vínculo o una conexión emocional lo suficientemente fuerte. ¿Qué romántico, no? Bueno, lo cierto es que la demisexualidad nada tiene que ver con la cursilería, ni con las convicciones. 

La demisexualidad es, como tantas otras, una orientación sexual, una manera de percibirse y de relacionarse con otros. Es decir que, aunque suene un tanto obvio, un demisexual no elige serlo. Simplemente, lo es.  De todos modos, me gustaría profundizar más esta definición, ahondar su significado y poner en jaque ciertos mandatos sociales. 

Lo primero que tenemos que entender es que la demisexualidad se encuentra dentro del espectro de la asexualidad (espectro ACE). 

Las personas ACE (asexuales, grisexuales y demisexuales, ya sea románticos o arrománticos) son aquellas que tienen, por así decirlo, una manera distinta de relacionarse sexualmente al “común colectivo” de la sociedad. El deseo sexual de los asexuales tiende a ser nulo, mientras que el de los grisexuales de baja intensidad (o latente en momentos/situaciones particulares) y el de los demisexuales, como ya dijimos, existe si previamente se formó un vínculo o una conexión emocional

Pero más allá de la visibilidad que estas orientaciones merecen, subyace un cuestionamiento más profundo: la existencia de una alonorma. ¿A qué llamamos la alonorma? Pongámoslo de la siguiente manera: según la “lógica colectiva”, si a A le gusta B, eso significa que A quiere coger con B, como si el deseo sexual fuera una especie de pacto implícito. Bueno, no. Las maneras de relacionarnos y construir vínculos afectivos son miles, y pueden (o no) estar impulsadas por el deseo sexual. 

Sin embargo, para desgracia de algunos (¿o de varios?), vivimos en una sociedad que, básicamente, sexualiza todo: el amor, los culos, la moda, el arte, el cine, el humor, las letras de las canciones, la literatura y muchas cosas que seguro estoy dejando de lado. 

Podríamos decir que lo que busca esta suerte de hipersexualización cultural, es poner al deseo sexual como un sentimiento de realización absoluto, ofreciéndonos una trinchera frente a los horrendos fantasmas de la humillación y la soledad. Es por eso que no puedo evitar hacerme las siguientes preguntas: ¿cuántas personas serán ACE y todavía no lo saben? o ¿cuántas no se animan a asumirlo?

¿El sexo por sobre todo vínculo?

Vale hacer la siguiente aclaración: no está mal percibirse como alosexual. Es, también, una orientación. Pero sí es un error normativizar la experiencia personal, caer en la trampa del sentimiento individualista que tan dañino puede resultar para otros. Dicho en criollo: somos (o deberíamos) ser libres de sentir ganas de coger, pero de no ponerlas en el plano de “lo normal”, del famoso “nos pasa a todos”. 

Como una vez lo escuché decir a un youtuber (de los buenos): lo normal es nada, lo normal no existe. Y creo que, a esta altura del partido, cualquier tipo de norma debería generarnos, al menos, un poco de ruido. Debería llevarnos a repensar tanto lo que hacemos como lo que decimos. 

Me gustaría hacer uso de esa premisa y abrir el espacio a la reflexión colectiva, para que todos, tanto ACES como alosexuales, nos cuestionemos la importancia que los vínculos tienen en nuestras vidas, sean del tipo que sean. 

Por ejemplo: 

  • ¿Cuántos son los amigarches se creen exentos del celo, la mentira, la manipulación y, hasta en algunos casos, el abuso?  
  • ¿Cuántos piensan haber encontrado a su media naranja escudándose en la famosa teoría de que “los opuestos se atraen” como una poetización berreta de la toxicidad? 
  • ¿Cuántas relaciones dicen estar abiertas, pero, en el fondo, sólo están cerradas al deseo y al impulso de una de las partes?
  • ¿Cuántas veces el amor se disfraza de excusa para ocultar esa necesidad constante de aprobación ajena? 

Estoy seguro de que no son pocos los nombres que se nos vienen a la cabeza (incluyendo, quizás, el nuestro). Y las razones pueden ser varias: desde una obediencia hegemónica hasta la horrible presión que nos mete la idea de estar solos. Queda como tarea de cada uno llevarse estos pensamientos a la almohada y dejar un lugar para la duda: ¿son los vínculos que construimos realmente sanos? Y en el caso de que no lo fueran, ¿por qué lo permitimos?

Ilustración: Carol Cortez Osorio