“No era una fuentecita, era como un cañón”: crítica de Chavela

Icono de la música popular mexicana, polémica, de espíritu rebelde y libre, pero también víctima del infierno del alcohol, así se recuerda a Chavela Vargas, la cantante guatemalteca pero de corazón mexicano, en el imperdible documental “Chavela”, dirigido por las australianas Catherine Gund y Daresha Kyi, que se puede ver en Netflix.

En casi una hora y media, la película atraviesa la vida de María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano, más conocida como Chavela Vargas. A través de entrevistas a la cantante de origen guatemalteco pero corazón mexicano, sumado a testimonios de personas muy allegadas e impactantes imágenes de archivo, las directoras dirigen un fascinante viaje por las diferentes etapas de una voz que marcó para siempre la música latinoamericana. 

Desde muy chica, María Isabel fue apartada por su propia familia. Su personalidad y aspecto varonil le generaba mucha vergüenza a unos padres que no podían tolerar el chismoseo que se generaba a sus espaldas. En vista de ese choque irreconciliable, decidió, cuando era adolescente, exiliarse de su propio círculo para irse a vivir a México: un país que le proporcionó todo el aire artístico que necesitaba y que mutó en ella con una fuerza visceral. “Un mexicano nace donde se le da la chingada gana”, decía Chavela cuando le preguntaban por su origen guatemalteco.

A pesar de que una buena parte del documental relata algunos de sus amores como Frida Kahlo, la escritora estadounidense Betty-Carol Sellen, Ava Gardner e incluso cuenta con una entrevista a Elena Pérez Duarte, una de sus ex parejas; queda en manifiesto que la soledad fue una sombra inseparable en su vida y uno de los temas más presentes en sus canciones.  

El alcoholismo que padecía la separó de los escenarios por más de doce años y también la alejó Elena, quien habla de su amor pero también de las complicaciones en su relación y de la gran herida que le causó esto.

Sin embargo, y como suele suceder en las vidas marcadas por la inmortalidad, casi  como una coincidencia, un recital en un bar mexicano la devolvió a la vida, porque muchos la creían muerta. 

“Y un día de esos nos dijeron: ‘Ahí está sentada Chavela Vargas’. Les dijimos ‘Imposible, ella está muerta’. ‘No, ahí está sentada’”, recuerda Jesusa una de las dueñas del bar que la devolvió a la vida de los escenarios. Y era Chavela Vargas, no había dudas. Es que a comienzos de los ’90 los mexicanos creían muerta a Chavela Vargas.  Pero la diva no estaba muerta y andaba de parranda.

De ahí en adelante empezó a forjar una estrecha relación con España, algo que nunca había logrado con el público mexicano. En este punto aparecen unas valiosas entrevistas a director Pedro Almodóvar, a quien ella llamaba “su esposo en este mundo”, y quien apadrinó su carrera dentro y fuera del país ibérico.

Desde esa resurrección artística el documental hace un foco especial en los recitales y conciertos que levantaron la euforia del público en el mundo. Escenarios como el Olympia en Francia, Carnegie Hall de Nueva York, el Teatro de Bellas Artes en México, la ciudad de la que se quejó, pero amó hasta el final y  la misma en donde decidió morir.

“Yo abrí surcos, abrí caminos. Pero sufrí mucho, mucho dolor, muchas ofensas…”
“Chavela”,  quien desafió con impetuosidad las reglas que determinaban cómo se debía ver una mujer cantante en México, quien se convirtió en un modelo para las mujeres lesbianas y quien se subió a los escenarios para cantar con desconsuelo, desnudar su alma, es la protagonista de este documental que logra hacernos entender por qué la dama del poncho es un ícono de la música popular no sólo mexicana, sino de Latinoamérica.