Margen de error

‘¿Que yo me contradigo? Pues sí, me contradigo.

 Y, ¿qué? (Yo soy inmenso, contengo multitudes)’

Walt Whitman

De repente existir no es más que tipear. Y de alguna extraña manera, todo, menos nuestra psiquis, pareciera adaptarse naturalmente. Podemos hablar con amistades viejísimas con las que no hubiéramos hablado en caso de no existir una pandemia, podemos conectar con una persona que vive al otro lado del mundo pero que se hace sentir más presente que cualquier otra del barrio, podemos hasta coger por camarita. Hoy más que nunca me parece que considerar nuestra presencia virtual como una simple extensión de lo que somos es peligrosísimo. El límite ya no es tan abrupto, la fusión es cada vez más evidente, y la responsabilidad algo que deberíamos, al menos, proponernos ejercitar. 

Nos guste o no, aunque de a ratos el plano virtual se sintiera como una nebulosa carente de sentido, lo que hagamos con nuestra capacidad de cliquear también puede herir. No quiero ser tan simplista ni tan literal como para quedar por fuera del humor y sentenciar que el mundo se redujo a Twitter, pero sí animarme a decir que Twitter, -o cualquier otra red social- no queda fuera del mundo. Que, ya sea con el cuerpo o respondiendo un fueguito en las historias, existe un intercambio. Y que uno no puede debatir siempre tan livianamente excusándose de que las redes no son la vida real. Porque si este encierro nos demostró algo es que el mundo y la virtualidad de a ratos pueden ser la misma cosa. ¿Dónde empieza, y dónde termina cada uno de nuestros adentros?

Hace un tiempo que intento dimensionar los riesgos de la falta de dosificación. Si hay algo que el universo virtual no nos garantiza son los matices: porque la pantalla nunca es hoy, siempre es ayer.  Porque todo es inmediato o no lo es. Porque no podemos librarnos de estar a las corridas con tal de ser el que hable primero. 

Bajo el lema de la creación de contenido todo es contenido. Contenido. Contenido. Contenido. Voy a decirlo muchas veces hasta empezar a dudar acerca de la existencia de esa palabra, hasta lograr que empiece a resultarme extraña. Porque si todo es contenido nada termina siéndolo. ¿Cuánta capacidad de contener contiene nuestro contenido? ¿Qué pasa con el registro? ¿Puede nuestra opinión volverse negligente? Todos los contenidos circulan en un lugar de pertenencia similar: gente dando cátedra y coacheándote la vida, artistas cancelados por no ser políticamente correctos, palabrerío naíf sobre cómo la apertura a la espiritualidad podría terminar con todas nuestras angustias pandémicas e incluso con todas aquellas que fabriquemos en un futuro. De esta manera, intentando vencer al estereotipo instauramos otro e Instagram se convierte en una suerte de espiral, de recorrido turístico teológico -sí, teológico- que nos da una muestra gratis de cada nueva religión, pero que nunca trabaja el 3D, la espesura necesaria de un argumento. Y uno siempre se encuentra diciendo: me parece que a esto ya lo vi. El problema de lo chato es que nada se sostiene por su propio peso. ¿Qué tan lejos estamos hoy de crear contenido solvente? 

Considero que el ejercitar la minuciosidad no debería reducirse al enunciador, sino también ser un compromiso de aquel que recibe el mensaje. No, no estoy diciendo que nos tengamos que quedar en el molde cada vez que resurgen de la época paleolítica los discursos de Agustín Laje, Mauro Viale, Eduardo Feinmann, ni mucho menos cuando todos estos se condensan en una típica polémica en el bar. Pero sí empezar a preguntarnos: ¿Es tanta la diferencia entre la ideología nefasta que intentamos abolir y ciertas reacciones desmesuradas que tenemos, que no permiten en el otro siquiera un desliz? 

Desde que leí por primera vez la paradoja de Popper que no paré de citarla y recitarla como bandera de lucha, como posicionamiento político. ¿Debe la tolerancia tolerar la intolerancia? Tolerar infinitamente no solo banaliza la tolerancia, sino que la destruye: defender realmente la tolerancia implica permitirse no tolerar a los intolerantes. Ahora bien, ¿Qué pasa con el absolutismo narcisista de defenestrar para posicionarnos por encima de la otredad? ¿Qué pasa con ese ejército de trolls esperando que alguien se confunda para azotarlo al instante? ¿Qué pasa con las carpetas de screenshots siempre listas para permitir que el hostigamiento siga retroalimentándose más allá del ‘Borrar tweet’? 

Hay algo del ejercicio periodístico que siento que hoy me cuesta más que nunca, y es precisamente eso: el miedo a no poder matizar. El fantasma del binarismo nos atormenta no solo desde el biologicismo excluyente de disidencias. El binarismo sigue intacto quebrantando discursos, simplificándolos al bien y al mal. ¿Qué me hace ser una mala feminista? ¿Quién organiza estas jerarquías? ¿Dónde queda ese lugar al que se van las personas una vez canceladas? Y no, no hablo de los violadores, ni de los abusadores, ni de sus respectivos cómplices que ojalá la justicia nos garantizara la seguridad de saber que todos se van a pudrir en la cárcel. Hablo de las personas canceladas por tomarse tiempo para pensar, por pensar demasiado tarde para la instantaneidad que demandan los medios, por elegir no verbalizar el pensar en épocas en que la exposición siempre es una deuda, o -ilustrando con la cita que da comienzo al texto- simplemente canceladas por pensar algo y después contradecirse, por exponer sus multitudes. 

Me remonto a cómo se lapidó a Rita Segato hace un tiempo. Anularon la validez de su voz dentro del feminismo por tomarse tiempo para pensar y afirmar que, quizás el linchamiento hacia el fiscal Fernando Rivarola había sido un arrebato innecesario. En una primera instancia, Segato se había sumado a la oleada denunciante que exponía que el término ‘desahogo sexual’ utilizado por el fiscal arremetía contra la Ley Micaela, la cual exhorta a que los tres poderes del Estado estén capacitados en cuestiones de género. 

Luego, la antropóloga enunció que las cosas se habían malinterpretado, que investigando descubrió que no había una opinión valorativa y revictimizante en el término, sino más bien una estrategia para potenciar la pena de los violadores. Fue entonces que sentenció: ‘Tenemos que ser más responsables que nunca, hemos linchado públicamente a un fiscal’. El revuelo social que generó esa frase fue inmediato. No solo hicimos clic, retweeteamos, compartimos y escribimos mini textos de no más de 240 caracteres indignándonos con el fiscal, sino que también linchamos en las redes a Segato. 

Ella prefirió pensar y pedir perdón por su arrebato. Estas son las consecuencias de la cultura del arrebato, de la cultura de la inmediatez, de la necesidad de alimentar el hambre voraz de titulares que vendan. ¿Qué tan peligroso puede ser que haya gente exhortándote a tener una opinión frente a todo? Una pensadora del feminismo no puede permitirse no tener algo para decir sobre lo que está sucediendo en este mismísimo momento. Como si el pensamiento fuera una base de datos que solo con conocimiento previo formula un mensaje predeterminado. En plena cuarentena, con tanto tiempo de sobra, y tantas ganas de enojarnos ¿Qué hacemos con la urgencia propia de las redes sociales? ¿A dónde se va el tiempo que no estamos poniendo en pensar? Porque pensar lleva tiempo, y pensarnos juntos también. 

El cimiento de ningún movimiento puede ser el quietismo. Nos quejamos de la iglesia como institución opresora, pero de a poco pareciera que estamos buscando crear un territorio apto para instaurar otro dogma censurador, otra palabra santa. Para que algo avance hay que alejarlo de todo aquello que busque mantenerlo estático. ¿Cuál es el peligro de la contracultura? ¿Alguien está teniendo en cuenta el margen de error de este ejercicio de eliminar de la agenda la paciencia y el proceso? El silenciamiento de años no tiene que significar que hablemos por hablar, que tengamos mensajes automáticos frente a cualquier suceso reciente, sino que tenemos que ser más precisos que nunca al hacerlo. 

 Desconfío de aquel que siempre tenga algo para decir. De las respuestas frente a las preguntas me quedo con esos segundos previos de ambivalencia, de duda. Si en una entrevista me responden con una afirmación probablemente me deleite la seguridad.  Sin embargo, a veces pienso: ¿Cuánto de eso ya viene prefabricado? ¿Cuánto de eso simplemente suena lindo porque suena seguro, pero la persona lo trae a colación solo porque quiere usarlo? Lo digo incluyéndome. ¿Cuántas veces me gustó cómo sonaba algo y esperé al momento justo para ubicarlo en algún lugar? ¿Por qué nos cuesta tanto asimilarnos sin terminaciones? ¿Por qué nos da tanto pánico sabernos ignorantes? Lo bueno de la ignorancia es que siempre nos da lugar para seguir en proceso, que nos permite entender a la razón como un recurso inagotable. ¿De dónde sacamos que terminar una oración con un ‘bah, creo’ vulnernabiliza nuestro discurso? ¿Por qué nos aterra tanto la vulnerabilidad? ¿Por qué el matiz nos debilitaría? ¿Y qué hay de malo en la debilidad? ¿Por qué todo tiene que ser empoderante? ¿Por qué nadie habla de la violencia indirecta del mensaje empoderante? Si logramos llegar a cierto lugar de poder, ¿Cómo cuidamos a nuestros discursos de ese poder? Creo que no hay nada que hable más genuinamente de nosotros que nuestras vulnerabilidades, que esos espacios que todavía permiten ser transitados.

Me asusta pensar que esta herramienta termine siendo un modus operandi, que nos quedemos para siempre en la simpleza del debate telefónico, en esta liviandad desesperante. Como si todo fuera compartir la noticia del día o elegir no hacerlo, -con todo el peso político que ausentarse supone- y ya. Ser responsables con nuestra presencia virtual no significa tener en todo momento algo para afirmar, no significa necesitar ser escuchados siempre. Significa escuchar y saber decir: todavía no sé sobre esto. Amigarse con el no saber. Amigarse con el no poderlo todo. Como también con el no quererlo todo, con el permitirse no querer ser partícipes de ciertas cosas.

A veces imagino un futuro distópico no tan lejano en donde exista el canje de conciencia de clase, donde seamos empáticos simplemente como estrategia de marketing, donde los managers nos obliguen a compartir una foto en negro vacía, hueca, que es todo menos solvente. Pienso en el video que se viralizó de una influencer que se produjo simplemente para ir a la marcha a sacarse una foto con el cartel ‘Black Lives Matters’ y después retirarse. ¿Nos hace menos racistas compartir una foto en negro?  ¿El discurso progresista reducido a un Retweet nos libra de todas las veces que cruzamos de calle por miedo a que nos roben? ¿Nos hace más feministas escrachar a otra compañera? ¿Qué me hace feminista a mí, y qué te invalida a vos? Hoy la labor del periodismo con enfoque feminista debería estar más atenta que nunca. Nuestra hoja de ruta siempre serán las vanguardias, las palabras de nuestros jóvenes, el querer desarticularlo todo, pero no por eso podemos arriesgarnos a perder el eje: el eje de la horizontalidad intrínseca de toda lucha popular. Acompañar no significa dejar de cuestionar, pero cuestionar no es irse a las piñas con los que tenemos al lado, que son sostén, que permiten que el pensamiento colectivo se sostenga por su propio peso. En la polifonía de nuestros deseos está lo nutritivo. ¿Qué es esto de respetar la palabra santa o convertirnos en herejes? ¿Qué línea perversa estamos cruzando? Corrámonos del discurso premeditado para ver qué estamos haciendo con el poder que vamos ganando, poder que deseamos seguir ganando porque siempre existirán desigualdades. Al intentar vencer el conservadurismo feroz cuidémonos de no instaurar una guerra meritocrática de la deconstrucción. La zanahoria de este roedor siempre será roer las maneras tradicionales de comunicar, roerlo todo. Pero el pensamiento no puede, por nada en el mundo, permitirse cliquear en omitir intro.

Ilustración: @federico.sgro