EspecificidadesEl abrazo es un capricho

Hoy vi el video de los astronautas del primer vuelo espacial tripulado de una empresa comercial (SpaceX, de Elon Musk) en el que se despedían de sus familias antes del despegue. Por la pandemia, tuvo que ser sin contacto. 

Las imágenes me estrujaron algo adentro: estaban esos dos hombres con sus trajes y cascos a punto de embarcarse en un viaje de esos en los que nunca se sabe cómo terminan. Dos nenes que supongo que son sus hijos y dos mujeres hacían gestos como de abrazos que no se concretaban por un metro y medio de distancia. Me desespera el deseo de contacto que no se obedece y se derrumba la paciencia emocional que había construido para afrontar la cuarentena.

Esta situación me hizo acordar a cuando, hace algunos años, volví de un viaje que hice sola a Colombia y me preguntaron qué era lo que más me había llamado la atención de su cultura. Tenía algunas situaciones algo dispersas para contar pero respondí que en ese país yo siempre me sentí como en casa, como abrazada. Pero no me refería a que Cartagena se parece a Buenos Aires, sino a la calidez con la que los colombianos se trataban entre sí y hasta conmigo, con quien no tenían por qué hacerlo. Pude detectar esta sensación cuando, en la segunda mañana, vi el contraste de dos familias de países diferentes. 

Estaba en el hall de un hotel en la isla de San Andrés a las ocho de la mañana. A esa hora se amontonaban los huéspedes en los sillones de la entrada porque era el punto de encuentro con los coordinadores de las excursiones. Ahí había que esperar. Yo estaba leyendo unas guias para turistas, acostumbrada ya a lo que significa llenar los espacios sin conversación cuando estás sola.

Entre ellos había una familia de gringos: una mujer y un hombre de mediana edad con un nene de aproximadamente 5 años. Tenían los pilusos color beige, anteojos negros y esas zapatillas de montaña que usan para ir a cualquier terreno.

Esto no forma parte del relato pero para que se los imaginen: los tres estaban anaranjados. El sol en Colombia quema la carne. Cuando volví del primer día de playa me ardía el cuero cabelludo. Sí, el cuero cabelludo: el único lugar del cuerpo en donde no podía ponerme protector. A pesar de tener una piel morena y amistosa con el sol, sufrí. Imagínense cómo estaban los gringos. 

En fin. Estaban sentados cada uno en sus sillones, la pareja no hablaba entre sí. El nene, que estaba jugando con unos autitos, se acercaba a ellos por momentos y les decía algo que los padres ignoraban. Me llamó mucho la atención lo estático de esos cuerpos, sus movimientos duros, la ausencia de palabras y de miradas, la total falta de interés por jugar con el nene.

Justo cuando pensaba “¡qué secos que son los gringos!”, de la escalera que llevaba a las habitaciones bajó una familia Colombiana. No pude adivinar todos los parentescos pero había tres o cuatro nenes y nenas, una pareja de mediana edad, otras dos mujeres más grandes y tres adolescentes (otra cosa que observé es que hacen turismo interno en manada)

Todos eran ruidosos. Un nene corrió por el limpísimo suelo blanco del hall para darse impulso y terminar resbalando de rodillas; las mujeres hacían comentarios por lo bajo y estallaban en risas a volúmenes innecesarios; una de ellas le gritó a los nenes para que dejen de correr; la señora que caminaba más lento atrás dio algunas órdenes a las que nadie les puso cuidado. 

Me hizo reír la entrada triunfal. Por un momento me sentí en los almuerzos numerosos de domingo en la casa de mi infancia en donde a veces había tanto bullicio que mi abuelo prefería ir a sentarse afuera. Claro que los extrañé. A la vuelta dije que era un gran lugar para ir a vacacionar todos juntos.

Las mujeres se sentaron en unos sillones largos y los adolescentes se dejaron caer en los apoyabrazos con sus celulares en la mano. A los pocos minutos esos espacios se vencieron e hicieron que caigan encima de sus ¿madres/tías/abuela?, quienes no hacían nada para correrlos. Una de ellas llamó a la más chiquita de las nenas (era casi una bebé, caminaba mal pero igual corría) diciéndole que le quería contar un secreto y cuando logró que se acerque solamente le dio un beso y un abrazo apretado. La pareja de gringos seguían sentados estáticos en sus sillones individuales. 

Al rato entró el empleado de las empresas de excursiones y se llevó a los colombianos. El hall volvió a estar silencioso. Volvió la misma paz de media hora antes pero ahora todos éramos conscientes de que el silencio no es solo silencio sino la ausencia del ruido. En mi cabeza se agregaba que la distancia no es solamente distancia sino la ausencia de cercanía y que las personas se abracen entre sí suele ser, de alguna manera, un abrazo que recibo. El frío es más frío cuando es la ausencia de calor.

Ese día, más tarde, estaba en la playa y le pedí a otra familia colombiana, numerosa y ruidosa que me cuide un ratito la mochila para meterme al agua. Cuando volví les agradecí y me preguntaron de dónde venía, hasta cuándo me quedaba y por qué estaba sola. Una mujer le compró un coco a un vendedor de la playa y mientras este lo abría me preguntó si ya los había probado. Le contesté que no me gusta el coco pero que nunca había probado el agua que se junta adentro. Le dio la plata al vendedor y les pegó un grito a sus hijos que se mataban por agarrar la fruta recién comprada para que me dejen probar primero a mí. Cuando nos despedimos, todos me dieron abrazos y un bebé lloró porque me iba: la escena de los domingos en la casa de mi mamá a eso de las cuatro de la tarde.

Volviendo a estos días, ayer me crucé con dos personas que conozco y les pedí que no me den los codos porque me parece el consuelo menos efectivo para mi pulsión de abrazar. Sin embargo, encontré algunos gestos en los ojos que me acarician cuando mi atención no se puede fijar en ningún otro lugar de la cara. 

Hoy pienso en que no hay manera de que me sienta cómoda en la familia de gringos cuando sé que existe la familia de colombianos. No puedo escuchar el silencio como cuando no recordaba cómo podía ser llenado de risotadas. No puedo ser la piel anaranjada y fría en un país tropical. No quiero decirle hasta luego de lejos a un familiar que va a viajar a un lugar lejano. No puedo dar un codo para reemplazar un beso ni dos para reemplazar un abrazo porque yo ya besé, yo ya abracé. Y este mundo vuelve a ser ese hall vacío y frío de San Andrés. 

Me voy a agarrar del brillo de los ojos cuando hago que alguien que quiero se ría y de todas las cosas que invento para que nos crucemos un ratito por la calle. No quiero acostumbrarme. La pandemia es una transición. La distancia social es ese espacio de tiempo en el que dejé de ver para siempre a la familia del hotel y conocí a la familia de la playa. 

 

Ilustración: @Decimegonchi

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