«Si se legaliza, van a ir a abortar todo el tiempo», leo en redes. Me interpela. Me duele. Me enoja. Nada de lo que escriba a continuación es un caso aislado. Es entonces cuando decido ponerlo en palabras por las que ya no están, por aquellas a las que la clandestinidad les asesinó la libertad. Para que la frase «La maternidad será deseada o no será» deje de ser solamente una consigna. Por eso escribo. Porque otras ya no pueden. 

*

Nunca me detuve a pensar cuánto peso podría tener una decisión. Es diciembre. El reloj marca las 8 a.m. Tengo la sensación de que algo no está bien. Algo no está bien. ¿Algo no está bien?

Me encuentro en la puerta de la farmacia. Me escabullo entre las góndolas. Respiro. Agarro el evatest y por unos minutos, de esos que se hacen horas y a la vez se paraliza el mundo, siento todas las miradas puestas en mí, como quien espera una respuesta inmediata. Mentira, pienso. La única expectante soy yo.

La brisa de la mañana me pega en la cara, aunque ya se respira el calor de la época, yo por alguna razón siento frío, “será una sensación”, pienso. Miro la hora, empiezo a dirigirme hacia la puerta del edificio donde trabajo.

Toco el botón del ascensor. Piso 4. El baño está vacío, como nunca, y yo ya no soporto mis estrepitosos pensamientos. Lo hago, ya está. Si digo que están siendo los cuatro minutos más eternos de mi vida, quizás peco de exagerada, pero mirando el celular y con una ansiedad mezclada con nerviosismo, puedo jurar que los dígitos del reloj no cambian más.

Todo a mi alrededor repentinamente se tensiona. Llanto con confusión. Llanto con miedo. Llanto con desconsuelo. Las dos líneas tan marcadas señalan un sinfín de interrogaciones y, cualquiera sea mi resolución, no puedo escapar del terror inminente. Me siento atrapada. Quiero correr. No entiendo nada. Afligida como estoy, me paro en la puerta del baño, atino a irme, pero el cuerpo no me responde.

Mando un mensaje. No, mentira. Dos mensajes. Recibo una respuesta implícita: nadie quiere pagar los platos rotos. Y yo no tengo escapatoria. Forjé una valentía que no sabía que tenía, tratando de minimizar la cobardía ajena.

Todo lo venidero de ahora en más sería incierto, doloroso, y va quedar en mí para siempre.

Nunca supe cuán complicado era el protocolo para llevar a cabo un aborto, hasta que lo viví en carne propia. Los centros que visito, las miradas hostiles de la gente en los pasillos, las preguntas implícitas con cierto vestigio juzgador. 

Y me siento sola. Dejo que florezcan las lágrimas. Por algún lado tienen que salir la culpa y la vergüenza que padezco crudamente. ¿Qué estoy haciendo acá?

Pasaron seis días desde aquel día. Seis semanas refleja la ecografía tendida sobre la cama. Desolada. Lo voy hacer. No, no me animo. Sí, lo voy hacer. Se escuchan los golpes del viento en la ventana, aun así, ni eso me hace dejar de pensar. “Bueno, tiene que ser rápido”, pensé. Va a ser rápido. Ahí va la pastilla, siento el sabor. Me acuesto en mi cama, miro al costado: tengo todo lo que necesito. Creo. Tomo agua. Empieza el proceso. No sé cuánto pasa. Me mareo. Creo que me voy a desmayar, quiero levantarme y me cuesta, siento escalofríos en el cuerpo, me agarra mucho frío, pero ahora sé que no es solamente una sensación, afuera hace calor. Pero mi pieza está fría, o yo me siento fría. Me pongo un paño helado que había dejado tirado al lado de la mesita de luz. Casi sin querer, me quedo observando una foto mía de pequeña y me invade la culpa, nuevamente. Quiero que todo esto termine. Por favor, que termine. Tengo fiebre. Llego al baño a duras penas. No puedo pensar. No pienso. ¿Cómo llegué a la cama? Me tiendo con las pocas fuerzas que me quedan. Pierdo la noción del tiempo por unos minutos. ¿Fueron minutos? Los calambres en el cuerpo no me dejan dilucidar el tiempo que trascurre. Trato de ignorarlo. Me duele el cuerpo. Siento que pierdo más que sangre. Todo esto es incontrolable. Tengo náuseas, pero no me puedo mover, huelo algo horrible y ya no sé si esto es real. Y las lágrimas que brotan de dolor ya no físico, sino del alma. Me duele acá. Me duele el alma.

Me quedé dormida. Agarro el celular. Son las 11 a.m. del otro día, el dolor todavía subsiste, pero ya es ameno. Y me pongo a pensar que no hay manual que te enseñe qué hacer y cómo, en caso de un embarazo no deseado. Mi mamá siempre hablaba de «estar preparada» para ser madre, pero jamás me dijo qué hacer si yo no quería ejercerlo. No quiero estar obligada. No voy hacer nada obligada. Me largo a llorar. Pienso en cómo improvisé. Como casi siempre en mi vida. Me río internamente. Trato de escaparle al dolor antes de que me vuelva a asfixiar.

Pienso que lo peor ya pasó. Lo medito, y busco una respuesta sin sentido que trate de apaciguar todo esto que siento. Sentimientos encontrados. Escribo esto a método de sanador, para tratar de escupir lo que me queda dentro. Y soy consciente de las consecuencias de un aborto, sé también que afuera existe una sociedad que juzga y que margina. ¿Qué hablamos cuando hablamos de libre elección? Me pregunto. ¿Qué pensaba yo cuando hablaba de poder de decisión?

El poder de decisión que tengo en este momento no me genera ningún sentimiento positivo y, mucho menos, aliviador. Me siento ahogada. Me siento egoísta. 

Los días pasan a puro llanto. El teléfono jamás sonó. Y atrás quedaron los rastros de esperanza que tenía de que la otra parte sea un sostén para mi persona en este proceso tortuoso. El tiempo transcurrió.

Ya es marzo. Ocho. Me preparo. Agarro una campera, tengo mi mochila y en la muñeca el pañuelo verde, símbolo de lucha si lo será. Me subo al tren. Miro por la ventana y mientras emprendo el viaje me pongo a reflexionar sobre que mi experiencia no es más que un sinfín de problemáticas que nos atraviesa a las mujeres; sin embargo, no hay día en que no se me cruce por la cabeza que yo tuve los medios necesarios para abordarlo, pero ¿y si no hubiese sido así? Este problema si discrimina clases sociales, mientras estoy escribiendo esto en un borrador del celular, seguramente en la penumbra de un baño de algún barrio carenciado, alguien está abortando como puede y en condiciones sumamente inhumanas. Y me enfurece la injusticia. Me enoja la indiferencia de los de arriba. Mientras las de abajo tienen que prenderle una vela a vaya a saber qué santo para rogar no perder la vida en el intento de elegir.

Ya no lloro. Una parte mía no me lo permite, y la otra parte trata de transformar la experiencia en lucha. Una lucha que milito día a día para nadie más tenga que adolecer una vivencia tan cruel. 

Porque el momento va llegar, el momento en que ninguna mujer tenga que padecer un suplicio constante: propio y ajeno. Porque el día va llegar. Y estas historias ya no serán tan dolorosas, ya no cargarán con tanta tristeza. Llegará. Y será una lucha pura y exclusivamente ganada por el movimiento feminista, por la ola verde que se supo gestar porque, desde que nos parieron, jamás nos regalaron nada y todo los derechos los supimos conquistar. Esta no será la excepción. Hasta entonces, gritó fuerte, junto a mis compañeras: aborto legal, seguro y gratuito ya.

 

Fotos: Santiago Bravo Luna

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