Tenía 14 años y, en esa época, la movida más intensa de mis fines de semana era juntarnos en lo de una amiga a comer y mirar la tele. Desde el comedor de su casa se escuchaba el Bailando que venía desde el living. Qué programa horrible, pero que en esa época todavía nos regalaba buenos culebrones. Ya para las 11 y pico, nos tiramos en los sillones que estaban enfrente de una de las primeras pantallas planas que conocí, y ahí lo vi: “Qué mal que me cae este tipo, es cualquiera”. Me parecía re patético el loco, re engreído y exageradamente musculoso. Y seguí pensando eso de Ricky por varios años más.

Hoy conocido entre nosotros como El Comandante, Ricardo Aníbal Fort fue presentado en la tevé nacional como el nuevo chico playboy que todo lo tenía. Las noteras que lo iban a entrevistar le preguntaban por su tabla de lavar la ropa mientras le pasaban la mano por los abdominales aceitados; le preguntaban por los relojes Rolex que tenía, por el precio de sus botas Gucci y por las novias que llevaba de viaje a Estados Unidos. El fueguito del zócalo de Infama estaba siempre encendido.

Fue nuestro primer youtuber. En su canal se daba todos los lujos sin miedos, rodeado de amigos que siempre nos parecieron a sueldo. Un estilo de vida tan ostentoso como irritante. Reality Fort no tenía nada de real, pero nos reencontró con ese Miami noventoso lleno de bling bling que las generaciones más jóvenes no habíamos llegado a conocer en su momento. En poquito tiempo nos enteramos de que, además de tirarse la plata encima con todas sus pilchas, se la metía adentro con todas sus cirugías. La cara estaba retocada, obvio, pero era la primera vez que escuchábamos (o por lo menos yo) que alguien se había agregado talones para ser más alto.

Pero el heredero de la chocolatería no había sido del todo anónimo hasta el 2009. Y ahí apareció Guido Su con una foto vintage de sus años mozos y una pareja de musculosas jóvenes. La fama en crecimiento de Ricky pegó el estirón apenas comenzaron a aparecer pruebas incriminatorias sobre su homosexualidad latente. Decilo, Fort, ¿sos gay? Dale, te vamos a sacar del placard a la fuerza.

“Te hubiese encantado que Robbie Williams te la ponga”, lo increpó Amalia. Ya había comenzado la manía generalizada en busca de la verdad y de hacer justicia por mano propia. ¡Confesá, Ricardo! Las vedettes del momento hacían respetar su dignidad declarando que no habían aceptado ningún pago por actuar de novias, la comunidad gay de los medios lo acusaba con su ojo de loca por ser “mariquita”; y así la tevé se dividió entre los inocentes que proclamaban un veredicto y Fort, como el único culpable de su sexualidad.

Querían abatirlo. Un hombre que usaba delineador no podía mostrarse también masculino. Porque en 2011 todavía existía la obsesión por seguir los cánones hasta entonces conocidos, sin cuestionarlos, y un hombre con la apariencia de Fort no encajaba con el color azul, ni con el rosa. Y eso estaba remal. Él solo quería ser famoso, quería seguir el ejemplo de su mamá actriz más que el de su papá empresario, y quería mostrar un talento más valioso que cualquier Rolls-Royce; pero nada servía. Y tuvo que salir a declarar, sin perder la hombría que les infla el pecho a los machos: «Me he acostado con hombres cuando era joven, pero no soy gay».

Y ahí fue cuando salió, tímido, con un poco de miedo. “Salir del placard” fue mostrarse como en realidad era, en búsqueda de la aprobación del público que se quiso ganar como macho wannabe y no le salió. En búsqueda de la aprobación que no había conseguido de su papá y que relató en cámara con la voz quebrada como pocas veces lo habíamos escuchado: sincero, abierto, aprobado. Pero no por los que lo veíamos desde casa, sino por el mismo. “Salir del placard” fue encontrarse con su libertad pese a ser juzgado.

Creo que ese fue el punto de quiebre en su carrera. De repente, todos lo queríamos un poco más. No sé cuál es la obsesión del ser humano con conocer la sexualidad del otro y por qué cuesta tanto naturalizar algunas cosas. ¿Qué te cambia? ¿Por qué modifica nuestra forma de percibir al otro? De repente, se convierte en una discusión política. No ves lo mismo según la vereda en la que te pares.

Pero así somos los del mundo hetero, seguimos teniendo el miedo de cambiarnos enfrente de alguien del mismo sexo, confiandole nuestra desnudez, y enterarnos al rato de que es homosexual. O con la soltura de decirle “qué pedazo de puto” a un hombre que acaba de llorar. Ni yo puedo lanzar la primera piedra.

Qué cosa cuestionable la masculinidad, además. Ricky Fort tranquilamente podría haber sido hetero, pero con un alma por ahí un poco más sensible que la de cualquier otro macho, ese que no se deja quebrantar porque “eso es cosa de mujer”. Porque hemos llegado a ese punto donde se desmerece a lo femenino por saber expresarse con libertad y entender eso como la peor debilidad que cualquier hombre promedio puede tener. ¿Se dieron cuenta de que yo puedo salir con unos jeans boyfriend, una remera suelta y sin maquillaje, que nadie va a hacer un escándalo por eso? ¿Qué pasó con los hombres cuando empezaron a usar rosa?

Todos apuntamos con el dedo a lo nuevo, a lo desconocido, a lo que no es como nosotros. El Comandante nos dejó en 2013 y se convirtió en un culto para muchos. Con los años, resignifiqué su paso por los medios y hoy, invocar su nombre me recuerda el tiempo que perdí juzgandolo, esperando que confesara como si fuera la dueña de los tiempos ajenos. Al final, ya no nos importa con quién lo hagas en el cielo, Ricky. No sos un ícono gay, sos mucho más que tu sexualidad, como todos.

Ilustración: @decimegonchi

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