Me pidieron que escriba sobre las poéticas de aislamiento e inmediatamente pensé en Drexler: porque a la flor de la poesía no hay melancolía que no la riegue. ¿Cómo construir un relato que no sea fragmentado, cómo alejarme de un álbum de retazos? Tal vez en el hacer dialogar disparadores que no se corresponden, orgánicos pero sin forma, se encuentre algo que orbite en una sintonía similar a lo que podría considerarse una poética del aislamiento.

 

Notas-Martes 17 de marzo de 2020, 11.54 hs.

No para de sonar el celular. De a ratos creo que apagarlo sería un gesto de autocuidado. Segundos después caigo en la cuenta de que no puedo hacerlo estando varada en el extranjero, que sería egoísta de mi parte. Desde afuera me ven como víctima y es también un gesto de cuidado hacia el otro hacerles entender que no.  Me resulta imposible asimilarme como víctima. Considero tan perversa la individualidad pero a la vez tan necesaria. No puedo entender todo este miedo a morir. No puedo evitar considerarlo como miedo a encontrarnos con todos esos fantasmas que, solemos silenciar cuando subimos el ruido de una rutina que nos quiere alienados al sistema. Lo único que tengo en claro hoy es que la gente necesita gente para sobrevivirse. Pienso en Anto, mi compañera de teatro, diciendo:

-Y qué vértigo la profundidad de nosotros.

Notas-Martes 17 de marzo de 2020, 15.47 hs.

Hace poco leí El existencialismo es un humanismo, de Sartre. Al explicar la corriente existencialista, expone cómo las religiones supieron tildarla de escéptica y el marxismo de extremadamente individualista. En un primer acercamiento, coincidí y adherí a esas dos consideraciones que buscaban refutarlo. Sin embargo, seguir leyendo me ayudó para dejar de asociarlo banalmente con el quietismo de una esencia inmutable, y empezar a identificarlo con la acción.

Me costó no discutir con el texto. Cada página me hacía sentir más inmersa en un mundo completamente meritocrático y alejado de mi espiritualidad. De todos modos me sirvió, me sirvió para entender que quizás el desgaste de una crisis sanitaria mundial puede ser el impulso que necesitábamos para empezar a vincularnos más amorosamente con nuestro entorno y con nuestra gente.

El existencialismo no es un círculo infinito de mambos estancados. Es, sin dudas, un dolor profundo al ver desmontarse aquellas cosas que antes parecían tener cuerpo. Es la angustia -o la esperanza- de sabernos seres que accionan, y que accionando modifican. Es entender que quizás no exista un Dios ni un destino, y que, absolutamente todo aquello que hacemos caerá tarde o temprano por su propio peso. Qué angustiante saber que puede que no exista nada supremo para justificar o recompensar el causal horroroso de la vida, pero a la vez qué esperanzador saber que puede que no exista nada supremo marcando un destino, una ruta preconcebida para cada uno de nosotros. Qué esperanzador saber que todavía queda mucho más por hacer antes de sentarnos a ver cómo todo se pudre.

Notas-Miercoles 18 de marzo de 2020, 10:27hs.

Siento que a veces los clichés son necesarios para entender ciertas verdades. Por ejemplo, el de que para amar a otro primero hay que amarse. Me da vergüenza escribir esa frase aunque sea en un borrador. Me da vergüenza porque sé que puede terminar en una nota que va a estar colgada en la red. Me da vergüenza porque por sobre todas las cosas odio proyectarme cerca de los lugares comunes. Me acuerdo de un docente y desarmo lo siguiente: quizás hay que habitar los lugares comunes para resignificarlos, para poder entender el porqué de su naturaleza y así usarlos como herramientas. ¿Acaso desviar forzadamente el cliché no termina siendo otro cliché?

Quizás llegó la hora de dejar de vincularnos con nosotros mismos desde los falsos egocentrismos que intentan tapar inseguridades. Inseguridades incompatibles e incompartibles en las redes sociales. Quizás es hora de dejar de mostrarnos perfectos, todo poderosos. Quizás también es hora de romper esta contracultura que buscando eliminar conductas nocivas solo vacía conceptos. Quizás es hora de dejar de hablar de amor propio como contracara del autoboicot. Quizás es entender que el amor propio forzado es otra manera de dañarnos. Que en una sociedad que nos enseña a odiarnos, no podemos también hacerlo por no ser capaces de querernos. Quizás aislados encontremos nuestros fantasmas y cuidándonos de ellos, podamos cuidar por primera vez genuinamente al otro. Quizás sea yo con mi necesidad salvaje de ponerle nombre a todo, pero la verdad es que no considero posible darle pelea a un monstruo al que ni siquiera puedo nombrar.

Notas-Miércoles 18 de marzo, 21.33 hs.

Escucho un audio en el que una persona me cuenta que, encerrada tras volver del extranjero, se siente como un avatar de los Sims. Chocándose con las paredes de una habitación rectangular mientras el rombito verde en su cabeza gira incansablemente. ¿Se dan cuenta lo poco que miramos a los ojos cuando tenemos un celular en frente? ¿Se dan cuenta la falta que nos hace mirar a otros ojos cuando lo único que nos queda es el reflejo de los nuestros en la pantalla? Qué difícil es darse la cabeza contra la pared de una misma habitación durante quince días, con el peso de un rombito -o de varios- girándonos encima.

Notas-Jueves 19 de marzo, 23.50 hs.

Abro Instagram. Veo una imagen que vincula cada epidemia a lo largo de la historia con la explotación de distintos animales. Me angustio al percibir cómo el antropocentrismo feroz nos está matando. Amiga me confiesa que cuando la enfermedad no había llegado a la Argentina, ella decía que esa cosa era de los chinos. Quizás lo urgente sea descubrir que en un mundo globalizado nada nos pertenece o nos excede de manera tan precisa. Bajo la coraza de un occidentalismo que siempre se jactó de omnipotente, no nos miramos con amor sino con rapidez. No miramos al otro con dulzura, sino ansiando concretar la transmisión de un mensaje. Porque nos parece más importante que nos escuchen que escuchar. Porque desde nuestras nubes de privilegios, nos creemos merecedores del aplauso, y siempre con el derecho de que nos exceptúen de la culpa.

Pensá cuánto va a tardar en llegar hasta acá si esa enfermedad es de los chinos, dijiste. Y los pocos días que tardó no bastaron para amortiguar el impacto. Quisimos desentendernos, cagarnos en los asiáticos por comer murciélagos y cosas crudas llenas de pestes. Aunque pienso: ¿Qué tanto menos de horror tiene el río de sangre afuera del matadero de Morón que se viralizó unas semanas atrás?

Notas-Viernes 20 de marzo, 9:30hs.

Hace poco visité la iglesia del pueblo San Juan Chamula en México, donde los ritos se posicionan justo en el borde entre el cristianismo y las tradiciones de las culturas originarias. No hay asientos, sino hojas en el suelo. Se aleja de la estética monocromática llena de oro que tan naturalizada tenemos los que crecimos bajo el dogma católico.  El Jesús no es muy importante, sino uno más entre tanta pieza y personaje de cemento. Estaba su escultura, pero no empapaba con aires de superioridad todo el edificio. Anoté en mi cuaderno: qué linda manera de bajar a tierra cómo en realidad toda carne vale lo mismo.

Cuando me acerqué a los santos vi mi reflejo en el espejo incrustado en sus pechos, como recordándome que, más allá del misticismo y de los credos, el poder de cambiar algo lo tengo yo. Espejos en las esculturas de una iglesia como intentando decirme: ¿De qué sirve delegar toda tu confianza en alguien más si no te vas a quedar con ni un cachito de fe en vos? Hasta ahí, guiño para Sartre. Aunque el discurso de ganarse las cosas no para de hacerme pensar que tanto quien escribe esto como quien lo leerá, habla de trabajo y de esfuerzo desde un somier de oportunidades, desde el privilegio del encierro con comida en la alacena, ocio e internet. De repente, Internet es lo único que nos queda para percibir el mundo.

Notas- Viernes 20 de marzo, 11:33hs.

No puedo evitar sonreír cuando me piensan, incluso a 10.000km de distancia. Lo cual no quita que me duela lo que hay dos pasos más allá de mi ombligo: gente que no sabe si este mes come, si sobrevive, si ve morir a alguien que quiere, si el bombardeo mediático le termina de destruir la psiquis. Hoy nuestros aliados son nuestros vecinos, porque la cercanía física teje redes de supervivencia corporal así como la virtual teje redes de supervivencia mental. Todos somos vecinos de alguien. Ese alguien es vecino de otro alguien. Y ahí es cuando reafirmo lo que pensé hace unos días: los límites de lo propio y lo ajeno ya no son tan concisos. Como cuando el chico que vive en la esquina de mi casa en un colchón, que solo tiene una frazada a cuadros y una ollita, me dijo:

-Que tengas lindo día, vecina.

Lloré y lo abracé por sentirme la peor mierda humana. Nunca lo había considerado un vecino. Siempre creí que al hogar lo hacía: mi casa, mi gata, mis cosas de cocina, mi biblioteca llena de libros marcados, mi guitarra, mi cuaderno, mis piedras en el altar, las velas de colores en la bañera. ¿Cuántos mi pueden necesitarse para definir el hogar? O, en el peor de los casos, tuve que adaptarme a creer que a un hogar lo hacía esto: la cama que me prestó una amiga que conocí durante el viaje, la compra de supermercado grupal para no tener que salir durante el aislamiento, quejarme porque no tengo mi computadora y escribo esta nota desde el celular, todos esos familiares que no vi en años llenando de spam y de preocupación mi Whatsapp. Nunca, jamás, logré percibir al hogar como eso: una esquina fría, gente que no me mira, una frazada vieja que de seguro me hace picar, una olla casi siempre vacía, la imposibilidad de decir que algo es mío.

Actualización, 12.34 hs. Si un mundo enlazado tejió sobre el mapa una enfermedad en días, también puede tejer una vecindad capaz de ayudarnos a pensar juntos cuán contaminantes son ciertas lógicas del capital. Una enfermedad que no para de gritarnos: mirá cómo no entiendo nada de sus jerarquías y me devoro a Europa entera en segundos.

Notas- Viernes 20 de marzo, 13:33hs.

Mirar ese espejo. Enfrentarse a esos fantasmas que en el subte nos da pudor dejar salir. Aprender a sabernos vulnerables. Construir redes de vulnerabilidades. Entender que, más allá de todo, el principal factor que mueve el mundo es el humano. Entender que, para mover hay que tocar suave, y no romper. La prevención no puede ser una gangrena cerebral: quiero que la virtualidad sea una red de cuidados, no otra manera de quebrarnos. Intenté registrar mis pensamientos y desenredé lo siguiente: quizás lo que nos atormenta no es el miedo a morir, sino todo aquello que en el día a día evitamos profundizar; que muchas veces no es la muerte, sino la vida.

Sigo sospechando que hay algo oscuro detrás. Sigo enojándome con la paranoia colectiva. Sigo desconfiando de que todo es una excusa para que los pueblos no se manifiesten. Sigo temiendo que hay algo más que una gripe. Aunque de algo tengo certezas: no es la gripe en sí, sino su condición epidémica, su capacidad de rápida propagación. Solo hay una cosa a la que pude darle forma: cualquier gesto -por más sutil que parezca-, cualquier bicho -por más inocente que sea para la mayoría- puede tejer por sobre el mapa y dejarnos enredados en sus hilos. Porque si, ya nada nos pertenece o nos excede de manera tan precisa.

 

Foto: Matías Monje

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