Puta poeta

Leo en mi inicio de twitter que ‘A partir de este momento la cuenta oficial de Casa Rosada pasa a ser administrada por la nueva gestión’ y no puedo parar de pensar en que, si los 240 caracteres que se nos permiten ya son una fiesta, cuánto de celebración tendrá la plaza a la tarde. Volvimos a tener un país para todxs. En su discurso de asunción, Alberto Fernández acaba de remarcar la necesidad de poner en un primer plano los derechos de las mujeres. Habló de que el lema Ni una menos tiene que ser bandera de toda la sociedad y de todos los poderes de la república. Para cerrar el tópico, dijo: ‘Es deber del Estado reducir drásticamente la violencia contra las mujeres hasta su total erradicación’. En toda fiesta siempre hay algún invitado sentado en una silla mientras critica al anfitrión. Escarbo entre cien festejos de compañerxs y dos o tres insultos gorilas y me sorprendo de lo cuidadosa que fui siempre al apretar Seguir, aunque esa comodidad no me enorgullezca ni un poco. De todos modos, lo que más me sorprende son los híbridos: ‘que la alegría de la vuelta no nos haga olvidar que este gobierno tiene fuertes intenciones de avanzar en el regulacionismo’

 

Nací masturbándome

con la izquierda

mientras escribía con la derecha

lo que repetía mi cuerpo mojado:

escucháte,

escucháte.

(Nina León, Puta Poeta, 2019)

 

En mi crianza de niña blanca de clase media y cristiana el 8 de diciembre siempre fue el día de la virgen: el día en que se desencajonaban del armario las decoraciones navideñas. Desde que vivo sola el 8 de diciembre es, simplemente, 8 de diciembre. Ya no hay bolitas brillantes o familiares corriendo a comprar algún repuesto de alguna guirnalda de luces que no titila del todo bien. No me caen telarañas en la cara ni estornudo mil veces al desenvolver materialidades cromáticamente encasillables en rojo, verde, blanco y dorado. Este domingo 8 de diciembre fue distinto porque me invitaron a la presentación del libro de Nina León, trabajadora sexual y escritora: Puta Poeta. Un libro que, paradójicamente -o quizás solo para las mentes incineradas por la cruz- tiene 33 poemas.

Antes de poder siquiera investigar sobre el evento, un perfil de Infobae que se viralizó me hace conocer a la autora del libro. Debajo del video de la entrevista hay cientos de comentarios insultándola por los planos cinematográficos que no hacen más que romantizar el patriarcado, la pobreza y la mercantilización de los cuerpos femeninos. Porque Nina habló de un quiebre, de esas ganas de tener después de tanto, la certeza de que nunca más le faltaría un plato de comida. Seamos sinceros, cualquier cosa que hubiera dicho habría generado disputa. Porque si sos puta y hablás de preferir ese trabajo ante otros, tenés que callarte por panza llena y nariz empinada. Porque si sos puta y hablás de hambre, deudas y una hija que alimentar, estás entregando tu cuerpo a la satisfacción del deseo de los hombres por un simple pedazo de pan. Detrás de ese virus que infecta a toda la comunidad twittera con un impulso incontrolable de opinar acerca de todo, hay una mujer -en realidad miles – que eligió y que no está pidiéndonos que la salvemos. Entonces, ¿Hasta qué punto, escudándonos con el estandarte del feminismo, también somos esa bestia discriminatoria que el nuevo presidente prometió erradicar mientras nosotras lo aplaudíamos y nos emocionábamos?

Me animo a decir que, en todo movimiento que intente ser revolucionario los aires de superioridad individualistas sobran. Parte crucial del feminismo es cuestionarlo todo. Después de tantos años, la contraposición regulacionismo-abolicionismo sigue siendo problemática. Incluso con un ideal formado, no puedo caer en el grave error de ridiculizar a aquellas que todavía no saben qué pensar. No puedo porque es justamente la ridiculización y la idiotización de las otras, ese lugar al que no quiero volver. Ahora bien, tampoco puedo obviar el hecho de que, si nos siguen vendiendo prostitución-trata como dos caras de la misma moneda, sin lugar a duda vamos a querer salir corriendo al intentar aproximarnos al debate. ¿Quién podría ser capaz de querer contribuir a la desaparición forzada de una mujer, a que esté privada de su libertad, a que la violen y exploten reiteradamente, a que sus familiares la busquen mientras su proxeneta está libre, contento, haciendo cada vez más y más guita?

Empezar a trazar ambas cuestiones como líneas paralelas me parece primordial. Aunque a veces, incluso en quienes nos jactamos de decir que apoyamos a las putas, su realidad también nos expulsa tras años de vínculos sexo afectivos monogámicos y educación purista. Cuando me iba del evento, escucho a dos mujeres teniendo la siguiente conversación:

-Agradecé que al menos anoche laburaste, hiciste buena plata.

-Si, pero estoy rota la verdad.

-Bueno, pero pensá que yo ahora tengo 100 pesos en la billetera. Si entramos ¿Qué carajo puedo comprar con 100 pesos? Nada.

Se me puso la piel de gallina, caminé las cuatro cuadras al bondi repasando que quizás mi ideología nunca fue tan firme, en que tal vez las TERF y su violencia constante estén justificadas, en que cómo un discurso tan desgarrador podía ser matizado con la etiqueta del empoderamiento. Conseguí asiento en el colectivo, qué bien. A veces puedo pensar muchas idioteces en cuestión de segundos, qué mal. ¿Hasta qué punto de egocentrismo llegué para creer que mi juicio es tan importante como para avalarme a censurar el deseo ajeno? Me acordé del final del perfil de Nina que se viralizó, en el cual ella remata con completa seguridad: ‘Entiendo que el trabajo sexual no es para todo el mundo, para mí sí lo es’ Me había olvidado de que, detrás de mi engolosinamiento caprichoso existía un grupo de mujeres decidiendo. ¿Quién soy yo para yutear una decisión que no es mía? ¿Qué tan quemada tengo la cabeza para no haberme dado cuenta de que esa conversación, en un contexto de precarización laboral neoliberalista, podría haber sido parte de cualquier grupo de trabajadoras de cualquier esfera laboral?

Los escupitajos venenosos virtuales siguen gracias a la posibilidad del Citar tweet: ‘Qué asco el discurso regulacionista’ ‘¿Quiénes somos las mujeres para satisfacer a todo el mundo?’ ‘Quieren venir a defender que es nuestra elección’ ‘Dejen de engañarnos’ ‘Con hambre no podemos elegir’. No puedo obviar la primera persona como buscando compasión, como concediendo para luego refutar un movimiento del cual no forman parte. Me quedo con este: Andá a escuchar a las putas de verdad. ¿Nina León no es una puta de verdad? ¿Salir en los medios hegemónicos la hace menos trabajadora sexual? ¿Escribir un libro, ser poeta, la vuelve menos prostituta? ¿Haber sentido vergüenza y miedo al principio la convierte en una pobre víctima del machismo a la cual tenemos que ayudar hasta que pase a una vida mejor como la nuestra? Me viene a la cabeza una frase de Tamara Tenenbaum en dialogo con Paula Gimenez para Filo.News, cuando las redes -en nombre del feminismo- fueron la hoguera en donde se quemaba a Camila Canicoba Jaimes, la pareja de Gastón Pauls.  ‘Hay una idea de los deseos correctos. Yo no hablo de los deseos de otra mujer, no desde un lugar que tiene que ver con la tutela. No me interesa cuestionar las decisiones de otra chica. Me parece que de lo que se trata es de policear cada vez menos el deseo ajeno’

Policear cada vez menos el deseo ajeno. Es obvio que me va a conmover la conversación que escuché y la razón es muy simple. A diferencia de Nina León, a diferencia de todas las putas, estoy entre esas para las cuales pensarse ejerciendo el trabajo sexual las descoloca. Hay otras a quienes eso no les pasa. Escribo este texto rescatando oraciones que anoté en el bloc de notas del celular mientras tomaba sola un fernet en el club Fernandez Fierro en la presentación de Puta Poeta. A la par del bloc y del fernet, chequeaba la historia de Instagram de mi hermana, donde se la veía con su trago en la mano riendo a carcajadas en el campo de polo. Una amiga me dice que parece que nos parieron madres distintas. Yo le respondo que, así y todo, la amo. Todxs salimos de conchas distintas y quién carajo nos dio autoridad para hablar de los cuerpos, la sexualidad, los gustos, aspiraciones o la elección laboral de alguien más. ¿Qué tipo de supremacía moral puedo llegar a tener yo? Si mientras tipeo confirmo que intentar ser artista es 10% trabajo digno y el otro 90% un community manager que me contacta en Instagram para manguearme alguna performance, la lectura de un textito -así, en diminutivo- o que vaya a su bar con la guitarra a cantar dos o tres temas. A mí me serviría porque total no me conoce nadie y a él también o, en todo caso, a él le serviría y yo no tendría que pagar la birra esa noche.

No puedo evitar trasladarme a una charla TED que vi en Youtube hace un tiempo, Puta y feminista: crónica de una trabajadora sexual. La oradora era Georgina Orellano, secretaria general de AMMAR, sindicato de trabajadoras sexuales argentinas. El relato comienza al confesar que durante un tiempo abandonó su trabajo de prostituta por vergüenza, para poder, por fin, dejar de ocultarse. Todo hizo clic cuando en un puesto administrativo, su jefe frente a 40 personas la agarró del brazo y le reprochó que el café estaba frío, que llevara otro. ¿Esa vergüenza no cuenta? ¿No existe la vergüenza cuando se está de trajecito en vez de mostrando las tetas? ¿La vergüenza desaparece cuando una mujer está parada en una oficina con muebles carísimos y no semidesnuda en una esquina a la madrugada? ¿Esa vergüenza protocolar no cuenta porque muchas la elegimos, la naturalizamos y la consideramos necesaria para no morirnos de hambre? ¿Por qué la otra vergüenza sí cuenta?  Esa que no se puede nombrar, esa que nos da lástima y ganas de convertirnos en superheroínas al bajarlas de sus tacos, al cerrarles las piernas y los ingresos. Existe ‘la vergüenza digna’ y ‘la otra vergüenzaporque el ejercicio de sacar los ojos de nuestro propio ombligo está casi en desuso. El abuso del Yo-yo ético también es peligroso y enceguecedor. Como diría Georgina al final de su charla: ‘Aprendí que la mayoría de los problemas que tenemos las trabajadoras sexuales son los mismos que tienen las mujeres trabajadoras por haber nacido en esta sociedad machista y patriarcal.’

Georgina habla de sus compañeras. Si bien no todas trabajan en la calle, las que sí lo hacen están siempre pendientes una de la otra, saben cuándo llegan, cuándo se van, cómo es cada cliente que frecuenta y a quién no atender por no haber cumplido las normas establecidas por ellas mismas. El ‘ellas mismas’ no nos puede parecer un dato menor. ¿Cómo, si nos autoproclamamos feministas, podemos estar en contra de que esas normas se vuelvan colectivas, de que existan protocolos, garantías legales para que el trabajo de estas mujeres sea en las condiciones más amenas? Pienso en La Plata, en el Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Trans, Travestis, Bisexuales y No Binaries y en ese discurso que, sin conseguir ponerle rostro por la distancia que me separaba del escenario, escuché. El discurso exponía el gran avance que significaba a nivel feminismo que, por primera vez, existiera espacio para un taller sobre intersexualidad. La frase de cierre fue la siguiente: ‘Lo que no se nombra no existe y lo que no existe no tiene derechos’

Vamos a nombrar a las putas hasta que logren conquistar todos y cada uno de sus derechos. ¿Quién soy yo para decirle a alguien más que ya tiene suficientes o que no los merece porque hay otras vulnerabilidades que se ven -supuestamente- afectadas por su trabajo? Me acuerdo del día en el que escuché en el subte a una chica diciéndole a otra que le calentaba mucho el porno de María Riot, pero que no estaba para nada a favor de la regulación. En ese momento me sentí envuelta en el sinsentido grotesco de un sketch de Caro Pardíaco (¾¡Ayñ, yo aborté mil veces, pero no sé si estoy tan a favor!) y si bien entendí la tibieza, no quise reproducirla nunca más. Tiempo después leí otra nota de Tamara Tenenbaum en La Agenda que sintetizó quizás todo aquello que me surgió en ese viaje en transporte público: ‘No se a cuántos mortales les queda autoridad moral para estar en contra del porno […] Es más fácil decir las prostitutas esto o las prostitutas aquello que decirle en la cara a otra mujer lo que tiene que hacer con su vida, o que sabemos mejor que ella lo que debería hacer.’

‘Tranquila mamá, todo esto es ficción’ dice entre risas buscando en el público a su madre Nina León, la puta y la poeta. El escenario donde recitó nueve de sus poemas fue pura piel, brillo y ritmo. Un espacio donde el arte erótico se fusionó con la militancia. ‘Siempre con las putas, nunca con la yuta’ cantaban y golpeaban en la mesa de al lado las putas feministas. Cantaron y golpearon mientras chorreaba por el impacto de sus palmas la espuma de los vasos de birra, como chorreaba la transpiración de esos cuerpos que impactaban en escena y que al moverse visibilizaban todo un colectivo. Oíd el ruido de rotas cadenas: el peronismo volvió a la Casa Rosada y las rejas ya no están en la plaza del pueblo. ‘Cuando pueda marchar sin limón ni documento’ escribí en poema-manifiesto hace unos meses. Es hoy, y la fuente está mojando miles de pies. Llevá agua y ponéte protector, le digo una amiga. No puedo evitar sonreír al verlxs bailando y moviendo sus carteles: con Alberto y con Cristina, se va la yuta vienen las putas.

Foto: Cortesía  ja_______ant