Hoy es sábado y no es la marcha. Todavía me dura la resaca de felicidad una semana después y no se va a terminar hasta que subamos la última foto. Me acuerdo que a la mañana siguiente leí en twitter: “q paja esperar un año mas para la proxima marcha”. Y sí.
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El sábado nos preparamos en casa con un amigo que es como mi novio pero decimos amigo así la gente pregunta menos. Se agota medio rápido la energía para explicar que sí, es un vínculo amoroso, que no, no me da celos que esté con otrxs, que no, no nos da miedo que se acabe el mundo si el otro se engancha con alguien más.
Me puse una remera de Freddie Mercury adentro de una bermuda negra y unas zapas con medias de arco iris sobresaliendo. Mi amigo fue en short de cuero con una remera mía con estampado de serpiente. Estábamos listos. Uñas pintadas, riñoneras cargadas, encendedores de respuesto. Glitter en la cara y algunos billetes para la birra en la plaza.
No había cerrado la puerta de calle que ya nos miró una señora. No me di cuenta porque suelo esquivar las miradas en la vereda, pero Alejo me dijo, unas cuadras después, que había visto como se le abrían los ojos de sorpresa. ¿Nos miraba por putos o por lindos? Siempre es una disyuntiva indescifrable. ¿Llamábamos la atención porque el glitter en los ojos la hizo sonreír o porque un shortcito de cuerina en nalgas de hombre todavía hace cortocircuito en las mentes de Palermo?
En el andén de Plaza Italia, ubicamos algunos arcoíris más, en remeras, en medias, algunos pintados en pómulos; y ver otros pibes montados nos tranquilizó. Arriba del subte dos tipos nos miraban. Traté de concentrarme en los ojos de mi amigo, ignorarlos. Intenté que la mujer que teníamos entre nosotros me sirviera de escudo, escondiera mi cara y me tapara la mirada de ellos. Pero resulta que bajaban en Catedral, resulta que bajaron últimos, con nosotros. Lo frené del brazo a mi amigo y los dejé pasar, para que se alejaran, para sacarme sus miradas de encima.
-¿Qué pasa? -me sonrió Alejo.
-Nada… estos pibes. No sé. Me puse nervioso.
-Pero miralos. Miralos bien…
Un movimiento de cadera chiquitísimo me hizo darme cuenta. Nos miraban por lindos. Eran de nuestro equipo.
Cuando llegamos a Plaza de Mayo estaba lleno de banderas y de zapatillas de colores acercándose al mismo centro. Sentí que podíamos todo. Como todos los años, sentí un llegué en el medio del pecho, me di cuenta de que somos un montón y le di la mano a mi novio.
*
Eran las cuatro y ya había demasiada gente. Nico me había dicho que ellos llegaban tipo tres y media. Alejo y yo cogoteábamos entre la gente que por los tacos altos o por obra y gracia de ese dios que me contaron, nació más larga. Necesitábamos referencias. Nico me escribía que “frente al arcoiris”, “en el medio, justo”, “donde empieza la avenida”, pero todos estábamos frente al arcoíris, en el medio, donde empieza la avenida. Cruzamos una pileta de gente que esperaba que arrancara la primera carroza y llegamos al borde, al cordón. Ahí estaban Nico y los chicos, de remera blanca, short negro y un arcoíris hecho con sombras en los párpados.
-¿Esas son tus pestañas? -exageré un poco el chamullo. Nico cerró los ojos y los abrió otra vez, agitando unas pestañas larguísimas con rimel azul.
-La que puede puede, y la que no… postizas -dijo Hernán, con los ojos debajo de un set de pestañas pegadas.
Llegó el último y se puso las medias de arcoíris que le habían traído para que se sumara al dress code. Estábamos todxs. Las carrozas empezaron a enfilar para la avenida y nosotros saludábamos gente y buscábamos precio de birra. Pero en un momento, el tránsito de cuerpos se volvió demasiado denso. Queríamos retener un espacio para nuestra rondita que se nos disputaba constantemente, grupos que iban y venían, para llegar al escenario desde donde venían los gritos de Marilina, o para acercarse a la carroza que estaba pasando y empezar a marchar acompañándola. Yo me quejo mucho, y arranco fácil. No entendía. Empecé a masticar un “¿adónde van?” y Alejo me miró. Lo tenía pegado al cuerpo y me sonrió, mientras nos aplastaban dos grupos que pasaban en paralelo. Cuando pude respirar, le sonreí y escuchamos un ruido contra el asfalto. Pensé que se le había caído el celular, pero eran unos lentes de plástico. Y en ese momento exacto, en el medio de ese pensamiento, lo escucho decir: “Mi celular”. Se me cayó el mundo al piso. “Ay, no tengo el celular.” Y me puso una cara que no quiero verle nunca más.
La marcha también es eso. La mentira de que estamos a salvo. La ilusión, aunque sea por unas horas, de que se puede ser libres, estar felices y sentirnos seguros. La mentira más hermosa de la putez. Lo abracé un montón y le dije que no sabía qué decirle.
Por suerte, y por bella casualidad, escuché un “baby” y me encontré en el abrazo de thelemongirl. Le digo así porque ya nos ganó instagram. Y antes de que pudiera explicarle demasiado me dijo que le acababan de robar. Lo miré a Alejo, que sonrió y me dejó decir que a él también le habían robado. Ella nos miró con todo el amor, todo el alcohol y toda la sonrisa que se pudo fabricar:
-Disfrutemos esto -nos dijo-. Disfrutemos ahora, que es nuestro.


No necesité nada más. Nos tragamos la bronca con un 2×1 de latitas de brahma y marchamos la marchita. De la mano, su primera vez y mi primera vez con él. En la distracción de saludar amigues de otros grupos, perdimos a Nico y compañía, así que jugamos a la pareja marchante.
Avenida de Mayo tiene edificios que veo una vez por año. Nunca entré a ninguno de esos bares de abuelos y turistas. Vi balcones con banderas colgadas y otros con señores colgados. Señores de mirada curiosa, de celular en mano. Cada tanto, alguna pareja en plan reposera y lentes de sol. Para mí, esa es la avenida de la marcha, porque acá estamos, todos los noviembres, y somos un montón.
El nivel de pis en vejiga ya bordeaba lo insoportable. Nos metimos por una callecita vacía por el corte del tránsito, parecía el detrás de escena de un set de filmación. Algunos tachos, muchas persianas bajas. Y algunos pibes parados contra los rincones que se armaban en los portones cerrados. Vi a uno alejarse de una columna y apunté a ocupar su espacio. Me paré contra ese ángulo, porque no había baños hasta Plaza Congreso, porque a la Casa Rosada ya no iba a volver, porque no daba más, porque cinco cervezas. Traté de no mirar para atrás por el miedo a que me viera una señora o un policía. Por el miedo, también, de que Alejo me estuviera esperando demasiado cerca y me diera vergüenza. Mientras retrocedía a reencontrarme con él, leí el graffiti del portón que acababa de mear. En blanco, bastante chorreado, habían escrito: MACRI HETERO.
*
Bailamos hasta la plaza, cantamos Miranda! y nos sacamos quinientas fotos. Bailamos hasta el congreso, hasta el dolor de pies, hasta que se acabara la birra. Porque en la marcha no hay que perderse ni un segundo, ni un beso, ni una sonrisa. Hasta el último minuto, hasta el último segundo, antes de que se acabe el día. Porque a las doce todo vuelve a ser común, todo vuelve a ser paki, todo vuelve a ser normal.
Ojalá algún día tengamos el privilegio de darnos la mano por la calle y que no nos escupan. Pero por ahora, tenemos la marcha, que es nuestra. Para estar felices, para estar juntitos. El día más putx del año, la marcha más torta, la fiesta más trava. El sueño de una vida más libre, más loca, más feliz. Eso. Sobre todo, feliz.

2 comments

  • Agustin

    12 de noviembre, 2019 a-las 7:08 pm

    Que emoción me da leer este relato de un día tan especial para mi y para muchas otras personas. Me llena de nostalgia, y de ternura leer estas líneas y recordar ese día que siempre comparto con gente que amo. Un día en donde me desborda la felicidad al saber que cada vez somos mas, y que más personas queremos lo mismo “ser libres”. Ser libres del comentario por lo bajo, del comentario a viva voz, de los bocinazos, de los escupitajos, de las palizas, y tantas otras atrocidades más por simplemente amar a quien amamos.

  • Anónimo

    13 de noviembre, 2019 a-las 12:51 pm

    que hermoso, me saco unas sonrisas y lagrimas ✨

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