Ciudad Autónoma de Buenos Aires vs. nosotros

Cuando me vine a vivir a capital no me sentía tan ajena. Había pasado los últimos 3 años de mi vida viniendo todos los días a estudiar o trabajar para volver a la noche tarde a dormir a mis pagos. Dos horas para venir y dos horas para volver. Mudarme cerca de mis actividades fue una de las mejores decisiones que tomé en la vida. Pero hay unas costumbres, manejos y velocidades que los provincianos no tenemos. Como tampoco tienen los porteños cando van para allá.

No, no soy de tan lejos, son dos horas. Pero las diferencias territoriales son abismales y las costumbres porteñas tanto como las conurbanenses están muy marcadas: nadie que haya nacido de un lado o de otro sabe cómo se vive más allá de la General Paz. Y cuando digo que no sabe no me refiero a que no sabe lo que pasa, sino que no sabe cómo hacer para vivir ahí. Hay trucos, hay atajos, hay que estar canchero para andar por capital, hay que estar canchero para andar por el conurbano.

Vivir sola en capital me hizo comprensiva. Tuve que amigarme con los vecinos muy muy cercanos: la señora de abajo habla fuerte porque es sorda y tiene un perro que, o también es sordo o se acostumbró a los incapaces oídos de la mujer. Ladra tan fuerte que se escucha en todo el edificio, pero parece que solamente a mí me molesta. Largué tantos SHHH inútiles por la ventana que ya ni lo intento y a veces vuelvo a dormir a la casa de mamá en donde se escuchan más perros pero más lejos y me despiertan los pajaritos que se posan en los árboles altísimos del jardín.

Vivir en capital me hizo más peleadora. Me tuve que defender de los acreedores de mi departamento que siempre me trataron como a Homero lo tratan en Nueva York. Aprendí que no importa que haya un contrato, que yo tengo que tener todo en regla y ellos, no hace falta y que las inmobiliarias también son fantasmas. Aprendí que todo se rompe, Aprendí a mirar un departamento en detalle antes de alquilarlo y aprendí que aun así, todo está roto. Que los dueños no tienen escrúpulos para echar personas a la calle; que ante la duda, me corresponde pagar a mí y que yo no voy a pagar un carajo porque les corresponde a ellos. No estoy gritando, vos estás gritando.

Vivir en capital me hizo vaga. El consultorio de mi médico puede quedar en la esquina de mi casa pero las cosas que compro por internet siempre vienen desde el otro lado de la ciudad. Todo es cerca pero a la vez es lejos: antes viajaba dos horas de ida y dos de vuelta para un taller de escritura pero ahora no tengo ganas de ir hasta San Telmo para ir a un bar.

Vivir en capital me hizo impaciente. Todos estamos apurados a toda hora y en todo lugar. Llegamos casi corriendo a la plaza, comemos un sanguchito y nos vamos a hacer otra cosa. El día se acaba. Los edificios no me dejan ver el atardecer. Me molesta que haya gente grande cerca porque caminan lento; me molestan las personas que caminan por el medio de la vereda y no te dejan pasar. No espero a tener verde para cruzar la calle. Me molesta ver que la cuenta regresiva de la pantalla del subte no retroceda. Entro apurada, no me siento, hago la combinación como si alguien me estuviera por asesinar, subo la escalera mecánica caminando.

Vivir en capital me hizo volver a tenerle miedo a la soledad. Estoy sola pero hay muchísima gente, toda alrededor, toda muy cerca, una encima de la otra. Hay luz en casi todos los lugares, hay bares y kioscos abiertos hasta tarde, hay gente corriendo o paseando al perro a la noche. Nací en donde la noche termina muy temprano y es mucho más solitaria, silenciosa, oscura. No tener miedo en capital es un mito: he visto robos más violentos en microcentro que en el barrio pero cuando vivís en capital una calle sin gente es demasiado extraño.

Vivir sola en capital me hizo antisocial. No sé de qué se habla en el ascensor. No hay conversación sobre el clima, las expensas o el corte de luz que no me incomode. En mi barrio cruzarme con la vecina era charlar sobre todo y todos. Conocía a los de mi cuadra, a los de la otra y un poco más. Le hablé al hombre del departamento de al lado para preguntarle si me podía quedar con unos libros que estaba por tirar y me respondió que sí. Nada más. Eran todos sobre psicopatología: no me los llevé.

Vivir en capital vino de la mano de vivir sola y muchas de las situaciones que me rodearon afuera acompañaron lo que pasaba adentro. Nadie compra comida si yo no lo hago; me di cuenta de que no tenía perchas cuando fui a colgar una campera; me quedé afuera de mi casa tres veces; la juguera roja que recordaba que tenía cuando compré naranjas vive en la casa de mi infancia y condimentar pollo se veía más fácil de lo que es. También aprendí que me quiero volver a la casa de mi mamá y que cuando estoy en lo de mi mamá, me quiero volver a mi casa.

Tengo un hogar ahora. Me acostumbré a esta ciudad, a tener más cosas cerca, a correr a todos lados y a volver del barrio sin llorar. Si estás por venir a vivir a capital solo o lo hacés desde hace poco recordá lo siguiente:

-Para cruzar en diagonal no hace falta que esperes tanto: agarrá por el primer semáforo que te dé verde.

-Sacate la mochila para entrar al subte: no sólo molestás a todos, también te pueden afanar.

– En las combinaciones, si caminás lento serás atropellado.

-No pierdas la capacidad para mirar a la gente a la cara.

-El delivery es muy divertido pero no vas a llegar a fin de mes.

-No te calientes en comprar demasiados utensilios: vas a volver más vos de lo que van a venir ellos.

-El día que hagas una sopa, vas a sentir olor a hogar.

-La leche no dura para siempre.

-Está bien pelearte con los bancos.

-Está bien pelearte con los propietarios.

-Está bien pelearte con las inmobiliarias.

 

“Y me atacaron los hombres topo…”