EspecificidadesMi viejo me robó una palabra

Nunca tuve padre. Quiero decir, una persona tuvo sexo con mi madre y después de nueve meses nací, pero él nunca quiso verme. Sinceramente, durante mucho tiempo no lo necesité: tengo una familia numerosa con la que tuve una infancia feliz. Sin embargo, en el colegio me di cuenta de que mis amigas tenían padres. No solamente otras nenas iguales a mí tenían padre, sino que también ellos eran hombres buenos. Las cuidaban, les compraban juguetes y, lo más sorprendente, las elegían antes que a cualquier persona en el mundo. Sí, supe pensar durante un largo tiempo que todos los padres eran como el mío: lejano, una presencia ausente; un padre que existe, que le conozco la cara, pero que nunca veo, que nunca me ve. Una sombra.

“Soy la debilidad de mi papá”, decían orgullosas. Y yo escuchaba en silencio una palabra ajena, un vínculo extraño. Me costaba, me cuesta, nos cuesta decirla. O eso creo. Cuando mis hermanos dicen “papá” y están hablando del nuestro, hacen una mueca rara, como yo. Bajamos la voz como diciendo una mala palabra. O tal vez yo le bajo el volumen para que no me dañe, como cuando escuchaba bajito las canciones de Marilyn Manson para que no me entre directo el mensaje subliminal.

De chiquita tenía todas esas paranoias. Y percibía que decir “papá” ponía espeso el aire. El tema se cerraba rápido, mi abuela ponía cara de enojo y, la mayoría de las veces, se largaba a putear. El innombrable incomodaba, pero no con su presencia, sino con su ausencia, y de a poco empecé a encontrar sinónimos para sonar distante. Porque mi viejo no era como el de mis amigas, no me llenaba de caprichos, ni siquiera me quería ver. Llamarlo de esa manera era una injusticia. Una injusticia para mí, para mis hermanos, para mi madre, para mi abuela y para todos los otros padres.

Y supe crecer así, nombrándolo solamente cuando era estrictamente necesario como “mi viejo” o por su apellido. Su apellido me sonaba, me suena, como un atajo para hablar de él con mis hermanos que sí lo llevan. Un lazo más fuerte con el apellido de mi mamá, que es el que porto, como una mano que la toma y la felicita por no dejarse lastimar más. Un abrazo.

El silencio alrededor de mi viejo me hizo pensar en que las palabras, tan poderosas todas, tienen dueños que pueden hacer uso de ellas libremente, alquilándolas por un tiempo a quienes no las habitan. Y la palabra “papá” no me pertenece. No sueno creíble, mi boca se imposibilita, alquilo un salón y hago una fiesta aburrida. Decir “papá” no me sale.

Y esa ausencia me constituye mucho más de lo que quisiera. Mi extrema independencia, mi empatía hacia las madres solteras, mi absoluta reverencia a la maternidad y la importancia de los abuelos. Hace 24 años que evito una palabra y pienso en mi viejo como una pieza perdida para siempre de mi propio rompecabezas. Una nueva realidad post-trauma: una mujer abortada por su padre, una mujer con el apellido de su madre.

Sin embargo, los lugares en donde no estoy, las palabras que no digo y las cosas que me faltan son parte de esta complejidad que me pone frente a un papel a escribir todas las imposibilidades que quiero posibilitar. Soy una mujer completa aun con una pieza de rompecabezas y una palabra menos.

 

Texto: Gilda Izurieta

Ilustración: Pablo Laguzzi

2 comments

  • Paula

    12 de septiembre, 2019 a-las 2:30 pm

    Hermoso texto. Me llama la atención como en todas las familias hay un INNOMBRABLE. Y tmb saber que esa Palabra la puede llevar cualquier hombre que se la gane, aunque no comparta el adn. Mi prima tiene un papá q la reconoció, pero ella decidió regalarle el honor de padre al Marido de su mamá, pidiéndole que la adopte. Y se cambió el apellido finalmente.

    Todas las historias son válidas. Lo importante es sentirse bien con unx mismx, supongo.

  • Willie Ferrari

    12 de septiembre, 2019 a-las 9:13 pm

    Increíble!
    Desesperante.
    Hermoso texto.
    Valiente. Superador.
    Se me amontonan los adjetivos.
    Ahora entiendo tu dolor por la perdida de tu abuelo.

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