EspecificidadesEnsayo sobre mi modelo de mujer

Este año cumplió 60 y es mi ídola, mi ejemplo. De grande quiero ser como ella. Siempre tan elegante, con ropa linda y soportando los tacones altos a pesar del largo día laboral. Ahora es maestra, pero también fue veterinaria, bailarina, nadadora olímpica, doctora y algo sobre un cascanueces que nunca entendí.

“Moviendo las cabezas” decía el único Ken que tenía en mi colección de muñecas. “Qué noche Teté”, seguía. Y con una amiga hacíamos desfilar a mis Barbies sobre un trozo de tela animal print de peluche que nunca supe de dónde había salido. Todo eso, obvio, después de larguísimas horas eligiendo el vestuario perfecto para cada una.

Cuánta infancia y cuántos deseos de ser adulta reflejados en una silueta de plástico de pelo rubio, ojos claros, pechos firmes y con los arcos de los pies más arqueados que jamás en mi vida veré. Qué lindo inventar una casa art déco con unas cajas de zapatos improvisadas, canutillos y mostacillas de pulseras, plastilina y algún mueble en miniatura heredado de mi hermana mayor (esa que se pudo tener juguetes menemistas).

De chica no sabía que Ruth Handler me había creado una compañera para que yo proyectara mi futuro. Menos imaginaba lo importante que fue para ella ser la primera mujer en llevar adelante una compañía de juguetes internacional en los 60s. Solo escuchaba cómo la criticaban por “obligar a las chicas” a estar siempre lindas y plásticas.

A Barbie le criticaron su cintura de 46 cm –en una mujer de 1,75 metros de altura a una escala de 1/6–. Pero ella dejó su libro “¿Cómo bajar de peso?”, que la acompañaba en su versión Barbie Baby-Sits de 1963, y cambió su cuerpecito a uno más “real”. Después no entiendo cuál era el problema con que sea blanca si eso no indica, o no debería indicar, superioridad sobre el resto. No culpes a Barbie por no cumplir con tu deber como padre de enseñarles eso a tus hijos.

Qué sé yo, para mí Barbie era la mujer que ponía el sueldo en la casa. ¿O no, Ken? ¿Alguien sabe de qué mierda trabaja Ken? Barbie era todo lo que yo quería ser: profesional, ambientalista y con conflictos internos que creaba en mi cabeza y que hoy podría hablar con mi psicóloga. Ella era una adulta con la inocencia de una niña que no se fijaba en lo que se fijan los grandes.

Todavía tengo mis muñecas guardadas, en especial esas dos que fueron las últimas. Esas dos que fueron regalos para dos navidades diferentes, cuando ya no creía en Papa Noel. Y las dos eran morochas. Y cómo me costó dejarlas ir tan nuevas, casi sin uso, sin historias. Pero las recuerdo por llevarme de la mano hasta las puertas de la horrible, horrible pubertad.

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