“El explotador es el explotado. Uno es actor y víctima a la vez. La explotación de sí mismo es mucho más eficiente que la ajena, porque va unida al sentimiento de libertad. Con ello la explotación también es posible sin dominio”

Byung-Chul Han

 

¿Es posible escapar del capitalismo? ¿Cuáles son las nuevas maneras del anarquismo? ¿Es el arte un aliado para la huida? La obra de Lailén Alvarez cumple con lo más importante: deja más preguntas que respuestas.

Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta” cuenta la historia de un padre con sus tres hijos a los que en un primer impulso, se les ocurre viajar a Disney con los ahorros de toda la vida. Se rehúsa ese padre y una de sus hijas lo apoya. ¿Hay necesidad de devolverle al explotador el dinero que tanta explotación costó? No lo aceptan. La filosofía es un lugar de donde no se vuelve y gastar la plata ya no les importa.

Los mueve la necesidad de contemplar las obras negras de Goya. La potencia de las pinturas crearon un punctum, un punto de no retorno, la emoción. La pulsión de una familia que, incluso siendo parte de esta cultura y sociedad, se escapa. No será fácil: nadie escapa vivo de las garras de la dominación pero el arte genera ruptura. ¿Se pondrán de acuerdo en quebrar la norma de ganancia y derroche o se dejarán llevar por la costumbre de la globalización?

El texto de Rodrigo García atrapa en los cuerpos de las actuaciones de Walter Medina, Matías Aimar, Eugenia Spago y Micaela Rivetti, quienes merecen una mención especial. En una escenografía tan sencilla del teatro El Brío, las imágenes se crean en sus voces, sus miradas, sus caminatas y torsiones.

Cuando dejemos de buscar respuestas, encontraremos las preguntas.

¿Somos libres?

 

Foto: Mayra Martinez

Texto: Gilda Izurieta

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