El jolgorio de los santos

Luis Viale 108: Teatro Fandango, una casa antigua en donde se respira aire de hostel y reencuentros. Sillones, mesas, patio y barra a precio amigo. Vinimos a ver El Jolgorio de los Santos, con dramaturgia de Alejandro Lifschitz en codirección con Gustavo Slep. La obra se presenta todos los sábados a las 22:30 hs y está ambientada en un pueblo rural mexicano. En proximidad a la celebración del día de los muertos y luego de varios fracasos en la competencia de altares, la vecindad del Pasaje decide desafiar tanto al jurado como a ella misma.

Podría reseñar y ahondar en profundidad acerca de los núcleos narrativos, caer en la inevitable semejanza de los personajes con ese ajuste de las muecas propio de los cuerpos del grotesco y hacer referencia a la metadiscursividad latente durante todo el libro o intentar desdoblar los sentidos de cada metáfora. Sin embargo, eso es algo que podrán ver ingresando a cualquiera de sus redes sociales. ¿A partir de dónde Roer decide recomendarles esta obra? Mediante el cómo y no tanto el qué. Animarse -en palabras de Kartún- a dejar de ir al teatro en espera de un ‘cuentito’ que empiece y que termine, de una historia que desde antes de llegar ya sabemos acerca de qué tratará.

Elegimos llevar a una argentina que vivió casi diez años en México. Al salir, agradeció diciendo que se había transportado, durante lo que sea que haya durado la obra, hacia aquel país otra vez. En el Jolgorio de los Santos no solo hay efecto de verdad: sino que se la transita. Nos remitimos a la frase “creer es crear”. En esta pieza encontramos, sin lugar a duda, una creencia ciega en cada parte del dispositivo. La riqueza de la cultura mexicana, la tradición ardiendo durante cada minuto.  Un mundo de mezcal, ofrendas, calacas, pan de muerto, taquitos y guitarras. Una musicalidad ligada constante. El tratamiento visual construye en todo momento postales a públicos. Las locuciones encarnan a los sujetos de acción más que los sujetos de acción a las locuciones. Las diferentes corrientes del arte mexicano dialogan entre sí como en una especie de culto a la espiritualidad latina.

Si tuviéramos que definir la obra con una palabra elegiríamos dulzura. La dulzura de sentirse, durante un rato, acogido por la calidez de una crianza. La dulzura de la presencia de quienes ya no están, de un pueblo que alimenta en la calle tanto a su gente como a su ancestralidad. Una suerte de liturgia en donde se germina e inmortaliza -en una pequeña sala en medio de Villa Crespo- uno de los rasgos más característicos de México: su capacidad de presente. Un presente liberado de nostalgias dolorosas. Una espacialidad totalmente capaz, al igual que el teatro mismo, de ser puro aquí y ahora. Una cultura que permite potenciar siempre el jolgorio, incluso, en el día de los muertos.

Las entradas se consiguen a través de Alternativa Teatral

Fotos: Daniel Watanabe