El zorro y la zorra

Paseando por el bosque, esquivando árboles y pisando hojas secas, iba el zorro antes de cruzarse con la zorra. Él, tan zorro, notó a la distancia que ella era una zorra. Ella, tan zorra, quiso seducirlo.

El zorro era, por definición, astuto. La zorra, por su parte, prostituta. Y no solo la variación del género de la palabra le da sentidos distintos al término sino que, además, la Real Academia Española dice que el femenino en este caso es “despectivo malsonante”. ¿Está mal ser prostituta? Astutos, los prostitutos reciben dinero a cambio de mantener relaciones con otra persona. Un prostituto puede ser zorro, pero una prostituta zorra es una clarísima redundancia.

El género de las palabras no siempre se corresponde con el sexo biológico del referente y se trata de una propiedad gramatical independiente. Pero el sexismo en la lengua española está impreso y online. No alcanza con agregar al diccionario sustantivos comunes que no discriminen por sexo. Para empezar, habría que modificar (no se pueden eliminar los que ya están) todos los términos que golpean los ánimos de cualquiera que luche a favor de la igualdad.

El sinónimo de prostituto es puto. Mientras que los de prostituta, además de zorra y puta, son los siguientes: ramera, fulana, furcia, meretriz, cortesana, pelandusca, buscona, mantenida, mesalina, hetaira y cualquiera. Cualquiera. Claro está que la versión de género masculino de los sustantivos anteriores no refiere a un hombre que goza de los placeres sexuales retribuidos. Cualquiera.

Según nuestra querida RAE, un hombre público es aquel “con presencia e influjo en la vida social”. Mientras que una mujer pública, obvio, es una prostituta. Un hombre de la calle es “una persona normal y corriente”. Una mujer de la calle, obvio, prostituta. Y lo curioso en el segundo caso es que, como segunda acepción, se habla de una mujer normal y corriente, excluyéndola de la categoría persona que ganó el hombre en su definición.

¿La culpa es solo de los académicos españoles? Por años, estudian y analizan las sociedades de habla hispana para poder modernizar nuestra lengua. En un principio, los términos que denotaban cargos y profesiones eran tratados sin distinción de género (no, que terminen con “o” no es propio del sexo masculino). Con el uso, se transformaron en sustantivos comunes y la RAE admitió el uso del femenino pleno en esos casos. El problema actual es otro: ¿Está bien distinguir a una jueza, por ejemplo, por su condición sexual?

En 1803, lo mismo ocurrió con presidenta –tema debatido en el país recién hace unos años– y la palabra comenzó a distinguir a las mujeres que cumplían ese rol (que todavía no era político, sino que circulaba por los centros de beneficencia o clubes de té). Hasta entonces, el término era invariable: el participio presente, como tiempo verbal vigente en aquellas épocas, tampoco admitía distinción de género. Sustantivos que mantuvieron esa regla fueron los que indican estados, como estudiante o paciente.

Decir “les zorres” no resolvería el problema de nuestro cuento porque, si hablamos de los animales que andamos en dos patas, estaremos agrupando dos términos con significados muy distintos según la RAE. El significante no es más que eso, pero para cambiar los significados que les damos, debemos cambiar las realidades que les adjudicamos. Debemos preocuparnos más por los que ya existe: nuestras palabras, nuestros modos de decirlas.

 

Ilustración: Alejandro Moreyra