Soy mujer y sé quién es Mía Khalifa

A veces, el cine porno está hecho por mujeres. Siempre, está dedicado a todos. Los catadores de pornografía se aburrirían si no fuera por las nuevas fantasías que propone el feminismo.

Gracias a los hombres de los 70s por protegernos de los horribles actos machistas que se mostraban en la pornografía. Gracias, porque las mujeres no merecíamos ver cómo otras del mismo género eran maltratadas y usadas para encontrar placer en un desinteresado acto sexual. Siempre ellos tan atentos, siempre ellos decidiendo dónde sí y dónde no debemos estar. Por suerte, íconos feministas del cine condicionado lograron entrar en ese mundo desde el detrás de cámaras y cambiar el paradigma del siglo pasado.

La cooperativa Manifiesta organizó en Casa Brandon la segunda edición del ciclo “El porno que queremos”, donde se proyectaron una entrevista a Erika Lust, productora y realizadora audiovisual; y “Herstory of Porn”, la historia sobre la actriz y también directora Annie Sprinkle. Dos mujeres que, con sus perspectivas feministas, descubrieron que el deseo personal también podía ser representado.

Cuando Erika Lust consumía pornografía en su adolescencia, sentía que “a su cuerpo le gustaba, pero a su cerebro no”. La culpa la invadía y no encontraba sentir empatía por aquellas mujeres exageradamente bellas y dispuestas. Cuando comenzó su carrera en 2004, decidió mostrar la combinación entre el sexo explícito que ella disfrutaba ver, y la narrativa de las películas eróticas que completaba su deseo. En la vida real, no todo son frivolidades y debía existir una versión del género que tuviera otro alcance.

Para poder salir de los estereotipos de la pornografía comercial, debió entender la incidencia que tiene la industria en la sociedad: representa 1/3 de las búsquedas en Internet. Además, debió demostrar que hacer películas por mujeres (porno feminista) implica otros valores y formas de producción, pero no significa que el resultado final sea solo para mujeres.

El posporno, como movimiento artístico que intenta revolucionar la pornografía desde un enfoque feminista, comenzó a formarse a principios de los años 80s. Y como parte de esa nueva era, Annie Sprinkle se convirtió en un ícono al alejarse de la pornografía comercial norteamericana. Con casi 10 años de experiencia en el género, fue necesaria una escena donde ella era violada para decidir iniciarse en el feminismo prosexo.

Los cambios en la industria del sexo en cinta son claros reflejos de los cambios que atraviesa la sociedad y la responsabilidad que asumen quienes lo producen y consideran fundamental para la educación sexual. Annie no reniega de su pasado y en su mensaje, esclarece: “El porno es como un espejo que nos refleja a todos. Un día puede gustar lo que vemos y al otro día nos puede parecer feo. La solución a lo que no nos gusta no es dejar de ver, sino hacer algo mejor con lo que vemos”.