librosHacer posible el femicidio: las mujeres muertas no son personas

El periodismo comunica rápido y efectivo la última noticia del día: una mujer fue asesinada. Una mujer sin nombre, un asesino desconocido. El qué por sobre el quién, una jerarquía de las cinco dobre vé sagradas. La construcción de los relatos nos deshumanizan y sin darnos cuenta, no somos más que el suceso que rellena la portada, allá abajo. La literatura, con sus recursos de observación exhaustiva nos cuentan más de la historia que los archivos. “Las muertas” de Jorge Ibargüengoitia se hace de los dos géneros para contar tanto el qué como el cómo. Una escalofriante ausencia del quién cuando se trata de mujeres.

La novela cuestiona el modo canónico de representar la violencia. Publicada en 1977, en pleno auge del testimonio, hace dudar el hecho de por qué si quiso hacer narrativa histórica no utilizó las herramientas propias del género fecundado por Rodolfo Walsh. Desde el comienzo advierte que, si bien algunos hechos son reales, no lo son los personajes. Es decir que tomará distancia de la objetividad periodística. Sin embargo, las verdaderas madrotas Poquianchis fueron llamadas Balandro y los archivos de las peripecias remplazados por representaciones ficcionales de las declaraciones. El testimonio, real o no, existe en estas páginas. Es aquí cuando cabría preguntarse el porqué de vaciar este recurso.

Parafraseando a De Rosso, el narrador efectivamente funciona a los saltos, compone mediante fragmentos que no van naturalmente entre sí. Arma su propio collage pegando lo que necesita sin intentar ser elegante, utilizando todos los recursos juntos. Esto deja en evidencia lo anteriormente explicitado, la necesidad de una escritura-protagonista que ansía que el lector despliegue sentidos ocultos detrás de ella.

Aceptar que la violencia de género es abordada mediante un tono inmerso en el escepticismo y la indiferencia, es el primer paso para acercarnos a comprender las preguntas que intenta dejarnos el vacío del texto. El narrador no quiere a nadie, plasma un tema que requiere piedad, pero no ejercita la piedad. No construye psiquis para sus personajes, sino conjuntos de sujetos que en vez de actuar a nivel ontológico lo hacen a nivel funcional. Bloquea la ética, impide todo tipo de relación sentimental con la tragedia. Utiliza la risa como distancia. En el final, termina de verificar los hechos con imágenes, pero no solo que las caras están tapadas, sino que las mujeres presentes son simples números. Crea un testimonio, para presentárnoslo completamente vacío.

El vacío pide a gritos ser llenado

‘[…]que al verlas pasar las siguieron »diciéndoles groserías». Ellas salieron del pueblo y se fueron rumbo al ojo de agua, en donde los muchachos las alcanzaron y »abusaron de ellas” […] El día que agregaron esto a sus declaraciones, las tres mujeres fueron sacadas de la celda y recibieron en adelante tratamiento de víctimas’ Luego de la cachetada propia de la estadística, comienza la deconstrucción. Repensar nuestras sociedades como aquellas que hacen posible el femicidio. No son coincidencia entonces cada uno de los gestos del narrador que van vaciando su testimonio, sino reflejos de una realidad que pone entre comillas los abusos y crímenes de odio de género. Son reflejos de una sociedad para la cual las víctimas no merecen más que un renglón. La construcción histórica de una cultura de la violación que da por hecho una jerarquía de géneros completamente infundada, arcaica y binaria en la cual la mujer siempre está por debajo del resto.

Desde esta perspectiva apática los femicidios son narrados con tanta indiferencia que hasta para el lector es difícil percibir a quién entierran en cada capítulo.  Porque no hay dato psicológico-emocional que distinga a una de la otra. Las muertas son números, pueden ser ocultadas poniéndole tierra encima y olvidadas al día siguiente. Porque la muerte de una mujer no duele. Porque el abuso a una puta no cuenta como violación. Porque son tantas las que ya no están que un poco deja de importar. El pathos desarraigado no es más que el espejo de una comunidad tan acostumbrada a matar y a ver morir a sus mujeres que, mientras la política y el negocio sigan funcionando, parece un simple juego contar cuántas vivas menos, o cuántas muertas más.