Bandera de los literatos y escudo de batalla para quienes se oponen al lenguaje inclusivo, la Real Academia Española tiene la particularidad de ser criticada tanto por permisiva como por restrictiva. “Lo dice la RAE”, dicen en la mesa dando a entender que todos conocemos la sigla y sienten que han ganado una discusión que del otro lado suele tener dimensiones humanas y por lo tanto sociales y prácticas. El cuestionamiento a la normatividad, tan lejana e inmaculada como parece, no es nueva e involucra a dos de los autores más significativos de nuestro país.

Jorge Luis Borges y Roberto Arlt llevaron siempre al academicismo en contra. Ambos se consideraban parte de una misma militancia que quería fomentar que la lengua literaria argentina sea completamente autónoma y nos pertenezca en su totalidad. Al contrario de la norma, que indica que el idioma de los argentinos más que a los argentinos, les corresponde a los académicos españoles. Ambos autores tomaron postura para lograr que nuestra lengua no nos sea ajena, para que funcione como un reflejo de eso que somos.

Borges escribió su ensayo ‘El idioma de los argentinos’ (1928) contra todos aquellos que a lo largo del tiempo consideraron inútil la refacción del lenguaje. Lo escribió contra aquellos que de tanto intentar ser cultos muchas veces terminaron matando un pedacito de la lengua. Borges escribió su ensayo para recordar que el verdadero idioma argentino sigue siendo el del calor pasional, el de entre casa, ese que hablamos todos los días. En él planteó que si bien las diferencias nunca entorpecieron la circulación ni la comprensión del mensaje, sí exponían a flor de piel la patria de cada hablante.

“Nosotros, los que procuramos la paradoja de comunicarnos con los demás por solas palabras -y ésas acostadas en un papel- sabemos bien las vergüenzas de nuestro idioma. Nosotros, los renunciadores a ese gran diálogo auxiliar de miradas, de ademanes y de sonrisas, que es la mitad de una conversación y más de la mitad de su encanto, hemos padecido en pobreza propia lo balbuciente que es” (Borges,1928: 61)

Es por eso que, al contrario de la mayoría de las críticas, Borges consideraba a Arlt un buen escritor por ser de esos que nunca dejaron morir a nuestra autonomía léxica, por haber mantenido siempre una escritura que espejaba la desnudez y la crudeza del palabrerío argentino.

Frente a la provocación de Monner Sans -que contemplaba que el lunfardo era la nueva amenaza del lenguaje- a la que Borges decidió no responder, la actitud de Arlt fue apropiarse del nombre del ensayo para exhibir su propia idea y reafirmar su posicionamiento antiacademicista. Sus líneas discuten con aquellos que no son leídos ni por sus propias familias: esos a quienes los alumnos quieren olvidar ni bien dejan las aulas de tan aburridos que son, los que se encierran en la habitación de las reglas ortográficas para no salir nunca a recorrer en su totalidad la enorme casa del lenguaje.

Arlt plantea la teoría de que la gramática se parece mucho al boxeo: con un maestro se podrá aprender el nombre de cada golpe, pero uno tiene que saber que para salir a pelear no nos alcanza. Por otro lado, con los pueblos: “Un pueblo impone su arte, su industria, su comercio y su idioma por prepotencia” El hablante no puede ir en contra de esa prepotencia porque iría en contra de su propia naturaleza. Pretender abarcar en la pequeñez de la gramática canónica la mutación constante de ideas de los pueblos, es una idea tan carcelaria que, nuestros antepasados de haberla elegido nos hubieran condenado a seguir comunicándonos a través de onomatopeyas incluso en la actualidad.

El verdadero trabajador del lenguaje será aquel que podrá malear las palabras que todos sabemos y generar con su artesanía que el país tenga ganas de leerlas. Que tenga ganas de leerlas porque las siente propias, suyas, no distantes ni lejanas o incomprensibles. El verdadero trabajador del lenguaje será aquel que no necesitará recortar lo que se salga del borde de lo correcto ni utilizar palabras extravagantes, sino quien pueda hacer de la oralidad de su pueblo una totalidad literaria.

Arlt, mediante la ironía de sus aguafuertes sobre el lenguaje, se jacta de sus profundos conocimientos de filología lunfarda para devolver la provocación de los academicistas que -en sus palabras- algún día cuando logren salir de los libros para descubrir el habla, le levantarán una estatua por haberse anticipado tanto intelectualmente.

De esta manera, Arlt se encargó de inmortalizar el verdadero idioma argentino por el cual la gramática española nunca tuvo interés. Leyendo sus Aguafuertes años después podemos entender que el “fiacún” condensa las ganas de acostarse en una hamaca paraguaya durante un siglo y que esta se diferencia del “squenun” por su proyección transitoria y no inmutable. El squenun es entonces, el fenómeno del cansancio social, la laudable voluntad de no hacer nada hecha adjetivo. “Manyar” es darse cuenta y “hacer el rosto” es eso que después de un robo no se puede vender.

En palabras de Piglia: “Ahora bien ¿Y si esto que sirve para desacreditarlo fuera justamente lo que él no quiso dejar de exhibir? Quiero decir ¿Y si el mérito de Arlt hubiera sido mostrar lo que no hay, hacer notar la deuda que se contrae al practicar-sin títulos- la literatura? En este sentido, sus carencias van más allá de sí mismo: marcan los limites concretos de una cierta lectura, la frontera desvalorizada y empobrecida de un espacio que es la literatura argentina”

Hoy más que nunca se puede decir que quizás como lectores deberíamos reapropiarnos de los principios que Borges y Arlt militaron en los años veinte y treinta. El lector promedio se autoconvence de su conocimiento citando a la Real Academia Española. Como si fuera una sabiduría ancestral, inalterable y todopoderosa. Como si el lenguaje no fuera un mosaico cultural que se construye todos los días. Como si se resumiera simplemente al factor de la gramática. Como si achicarlo a eso no significara una total falta de respeto. Como si la gramática fuera una especie de Biblia que desde el diccionario nos dice cómo debemos escribir para no ser quemados en la hoguera de los malos escritores.

Poder verbalizar la carencia, la frontera desvalorizada y empobrecida de la que nos habla Piglia, es entonces nuestro verdadero desafío como practicantes de la lengua. Porque en la calle, en lo incómodo, en lo que se decide cambiar porque hace ruido y no funciona, en lo incompleto, en las oraciones que más que oraciones son enunciados, en lo no binario, en lo no encasillable, en la no etiqueta está el verdadero idioma de los argentinos: el del lunfardo, el de les chiques disconformes, el que le da temperaturas diferentes al termómetro del país y el que hermosea la vida a través de la palabra constantemente metamorfoseada por el erosionar de su gente.

Texto: Belén De Franceschi (@metamorfosis_infinita)

Foto: Rita