librosMate lavado: el purgatorio del mito de origen de Martín Fierro

Hay un libro que más que una pieza literaria es parte de la tradición de un país. Martín Fierro representa los valores y representaciones perpetuadas por generaciones que aunque no hayan leído la totalidad de la historia, repiten versos como enseñanzas. Las lecturas que se pueden hacer de un mismo texto van cambiando con el tiempo y las vanguardias que identifican a cada época. ¿Quiénes se animaron a deconstruír la imagen del gaucho? Candela Romano nos introduce en el desafío de desnudarnos de rigidez para adentrarnos en el necesario revisionismo cultural.

Observo mi Martín Fierro: un libro de cuero tallado, heredado de mi bisabuelo, que me regaló mi abuelo en un acto casi ritual y de extrema confianza. Pienso en esto como símbolo de esa tradición en la que Martín Fierro se constituyó como el libro nacional que aún hoy es utilizado para educar. Como un mito que, en términos de Barthes, transformó sentidos en forma: a través de sus versos, instaló una identidad cultural dando cuenta de una organización política y social.

Ahora bien, hay una extensa producción de textos construidos sobre el poema, entre ellos “El amor” de Martín Kohan y Las aventuras de la China Iron de Gabriela Cabezón Cámara: ¿cabría preguntarse si vienen para desafiar toda esta tradición heredada y mítica que simboliza el Martín Fierro? Me atrevo a pensar la función de los versos en estos textos como un tamiz que redefine los mitos de origen desde un mapa político, social y cultural actual, en el que emerge del feminismo, la liberación del deseo y la deconstrucción del macho.

 

En Las aventuras de la China Iron, Gabriela le da voz a la China, la mujer de Fierro. Más que voz: la nombra, la educa y la empodera. Los versos se incrustan en la trama narrativa de manera formal: como unidades mínimas que forman parte de un poema. La primera aparición, toma de Martín Fierro uno de los consejos que el gaucho les da a sus hijos y Cámara suma otras estrofas que cumplen la función de explicitar connotaciones del texto fundante: los cimientos ideológicos de la conformación de un estado nación: “Todos tiramos del yugo/ y hacemos el país juntos;/nos forjamos un destino.” (Cámara: 2017, 101).

En cambio, en “El amor”, Martín Kohan elige visibilizar aquello que, sobre todo en La vuelta, se insinúa: la relación amorosa entre Fierro y Cruz. De esta manera, deconstruye al macho. Pero a la hora de incluir versos, no lo hace de manera formal, sino en breves diálogos que rescatan del verso su esencia rítmica y poética. Si aparto estos pasajes, me animo a decir que marcan el pulso de la narración, que comienza desacelerado y está atravesado por el silencio de los personajes, que se expande por la llanura pampeana: ellos saben qué significa. Los lectores también lo sabemos. Esto genera una atmósfera algo espesa. El ritmo cardíaco del texto se (nos) tensa. Aumentan las pulsaciones cuando la llanura se reduce a la intimidad de la carpa apartada de las fogatas, ya en territorio de los indios.

El deseo comienza a liberarse entre Fierro y Cruz y aparece la voz, en forma de verso. Hay en estas decisiones también un efecto de lectura: la tensión erótica que los personajes liberan cuando concretan el acto sexual, me libera también. De este modo, mientras que en Kohan los versos marcan el ritmo cardíaco del texto, en Gabriela constituyen puntos de conflicto que desacralizan relaciones de poder: el poder de la literatura en su dimensión política, el poder de un patriarcado que comienza a repensarse.

Por un lado, para Liz, la inglesa con la que la China emprende su viaje de descubrimiento, los versos son el disparador que la anima a exigir explicaciones para encontrar a su marido y para constituirse como mujer-lectora. Se las exige a Hernández, que en el texto es un personaje, y lo problematiza: porque cuando él debe explicar que el pasaje de la cautiva no es más que ficción, desmantela un mito de origen de Martín Fierro como discurso: no hay verdad, hay efectos de verdad. Y Argentina necesitaba una verdad que demonizara a los indios para quitarles las tierras: “la Nación necesita esas tierras para progresar. Y los gauchos, un enemigo para hacerse bien argentinos. Todos los necesitamos. Estoy haciendo Patria yo…” (Cámara: 2017, 135)

En este sentido, Gabriela también pone en marcha su operación autoral para instalar su discurso como verdadero: no elige a cualquier personaje para que explique los versos de Martín Fierro, toma la decisión de construir un Hernández-personaje que explica sus propios procedimientos de escritura. Aquí, ¿podría pensar que lo que el Coronel explica, es lo que la crítica literaria ha ido desarbolando sobre las verdades que instaló nuestro libro nacional? Es así, como en la novela de Gabriela Cabezón Cámara se desarma esta idea de la gauchesca como género testimonial y por eso válido de ser considerado como real: es una representación más, entre todas las posibles.

Por último, los vernos en Las aventuras de la China Iron le devuelven la palabra a un Fierro transformado por el amor, humanizado, deconstruido, que se disculpa con la China. A diferencia de lo que sucede en el poema de Hernández en donde “la perdona”, aquí pide perdón. Y aun más: la registra como igual: “¡Ay, Chiita de mi vida!/Tanto le pedí yo a Dios/Que me riuna con vos/Para pedirte perdón/Y para hacerte mi amiga,/China de mi corazón.” (Cámara: 2017, 158)

También a diferencia del poema de Hernández, donde la palabra de Fierro es legítima y respetada, en la novela de Cámara aparece ridiculizado: Gabriela extrema los límites de este nuevo cantor liberado sexualmente y suena hasta humorístico, liberado también del tono penoso de las desventuras en Martín Fierro.
En este punto, me gustaría retomar a Barthes, quien piensa el amor como un discurso: lo único que nos queda de él es su lenguaje, su retórica, sus fórmulas y sus canciones. Y en este sentido, pienso que ese lenguaje se ha presentado en los versos de Martín Fierro como un discurso de la pérdida, la falta: el desarraigo del gaucho por la presión del Estado, la desposesión de su familia en consecuencia, la muerte de Cruz después. En cambio, en “El amor” y Las aventuras de la China Iron el amor define y empodera a los personajes, es el acto que descoloniza el deseo, desarma el discurso hegemónico, los mitos de origen.

No hay por parte de los personajes sojuzgamiento respecto de las sexualidades: la libertad del amor y el deseo circulan por las líneas de estos textos como la corriente de un río. Puede ser calmo o torrentoso y violento. Esto se incrusta en la prosa a través de los versos. Los versos vienen a astillar la narrativa, abren una herida para que el lector se detenga ahí. Y deje correr la sangre como el río calmo, torrentoso o violento del amor, la libertad y el deseo.
También, la inclusión de los versos en estas prosas, nos muestra otra cara de nuestra historia: los indios no fueron demonios, sino que había una cuestión de Estado que los necesitaba (los necesita) demonios. Esta grieta histórica del pueblo argentino: la necesidad de un ellos y un nosotros.
Los versos en “El amor” y Las aventuras de la China Iron vienen a levantar todo este polvo, a revolver en el barro y, cabría pensar, ¿a levantar nuevos mitos de origen? Ahí donde Hernández esconde una idea de Patria que instala como real en Martín Fierro, Cámara y Kohan muestran una representación de Patria y construyen una nueva: el amor como un acto revolucionario que reconfigura las sexualidades, la historia argentina, las posiciones que nos han dado a las mujeres, reivindica al indio, humaniza al gaucho.
Los versos en “El amor” y Las aventuras de la China Iron, ¿podrían pensarse como el purgatorio de Martín Fierro? ¿Como el lugar en el que nuestro libro nacional purifica sus pecados y nos muestra otra verdad posible, otro mar de significaciones? ¿Como el lugar que viene a actualizar nuestra historia, nuestro ser argentinos?
De nuevo tomo a Barthes: “Realmente la mejor arma contra el mito es, quizás, mitificarlo a su vez, producir un mito artificial: y este mito reconstruido será una verdadera mitología.” (Barthes: 1999, 124) Me pregunto si “El amor” y Las aventuras de la China Iron vienen a mitificar esa herencia que nos dejó Martín Fierro, para tallar la verdadera (otra) mitología del pueblo argentino.

 

Fotos: Mariana Martínez