Con el debate por el aborto legal, hubo una revisión sobre cuál es la educación sexual que están recibiendo los chicos en el colegio. No sólo no es la misma para todos por irregularidades de la aplicación de la ley sino también por las influencias religiosas. ¿Cómo es la vida de una persona que recibió educación sexual de una catequista?

 

La revolución feminista nos expone a ciertos conceptos que ayudan a elevar la lucha popular y hacerla más fuerte. Así como afirmamos que no existe feminismo de derecha, caer en el clasismo de imponer cierto rango de lectura teórica, cultura general o directamente de enviar al resto de las feministas a leer listas eternas de ensayos digitalizados, no deja de ser un recurso tan violento como también un siniestro mecanismo de marginalización de la otredad. Es por eso que, cuando a diario hablamos de deconstrucción, no requerimos que nuestro oyente pueda remontar ni a Derrida, ni a Heidegger: ni a la teoría literaria como tampoco a la corriente filosófica.

En la actualidad la palabra deconstrucción es un motor que logra potenciar la necesidad de todos de desaprender ciertas conductas asimétricas para así construir nuevas bases completamente equitativas. Hoy, como colectivo, todas nos ponemos recursivas y nos replanteamos ciertas conductas violentas que nos fueron imponiendo a lo largo de nuestras vidas. Me animo a invitarlas, como mujeres, a repensar cuánto antes aprendieron a proyectarse como objeto de deseo que, como sujetas que desean.

Que te sientes bien, que no digas malas palabras, que te depiles porque es verano y a la pileta vienen chicos, que no hables de que estás menstruando con tu primo varón ni con el compañerito del colegio, que te pongas los zapatos más altos, aunque te sean incómodos, que aprendas a quererte solamente con maquillaje, que hagas ayuno antes de ponerte ese vestido. Me gustaría saber cuándo aprendí todas esas cosas que creía propias del hecho de haber nacido con vagina. Me gustaría saber cuándo, pero durante tantos años tuve tan naturalizada la idea de concebir mi vida como una carrera meritocrática femenina para ver quién era el objeto más deseado por la tribuna masculina que, me resulta imposible descifrarlo.

Lo que sí recuerdo bien, fueron esas pocas veces a lo largo de mi infancia y adolescencia en las cuales quise descubrir el deseo, pero mi círculo de aprendizaje me lo negó. Lo primero que aprendí, aunque sin darme cuenta, fue sobre el derecho que tengo sobre mi cuerpo a desear cuándo y cómo, ser madre. A los 11 años escuché en la tele un debate sobre el aborto. Al terminar le conté a mamá que estaba a favor y ella entre lágrimas me dijo que estaba decepcionada y que deje de repetir cosas que no entendía. La miré y le respondí que, si tenía que elegir entre un hermanite que todavía no conocía y ella, sin dudas iba a elegirla porque la quería hace más tiempo.

Un año después, a los 12, una amiga de natación entraba al secundario. Al llegar a su casa, entre susurros, me cuenta acerca de su nueva materia llamada Educación para el amor. Todos sabían que hablaba de sexo, de eso que no se decía en voz alta excepto que seas grande: que hablaba de eso que todos queríamos saber, pero que no todos podíamos acceder al conocimiento. El problema era que, al ver el cuadernillo nos dimos cuenta de que la mayor parte de su contenido no era sobre ese sexo que nos daba curiosidad de tan prohibido que lo teníamos, sino que sus páginas estaban cargadas de moral cristiana, eran un conjunto de ideas que, disfrazándose de sensatez científica solo romantizaban la sexualidad para que esta sea menos impura y esté más cerca de dios.

A los 13 años habían acusado a un chico de hacerse una paja en un colectivo que nos llevaba de excursión.  Nosotras, las chicas, no entendíamos bien qué hacía, cómo hacía lo que hacía, no entendíamos la diferencia entre una paja y un pete y tuvimos que buscarlo en internet. Porque Amnistía Internacional tiene razón con su slogan: cuando no recibís Educación Sexual Integral, cualquier escenario puede ser tu escuela.

A mis 14 años buscaban -por micrófono y en completa exposición-a la dueña del Evatest que encontraron en el baño del colegio para sancionarla o, mejor dicho, para invitarla a retirarse de la institución. A los 15 años un compañero se ponía de novio y alardeaba frente a todos los inexperimentados sexuales que, su novia no tomaba pastillas porque no le gustaba tragarlas y que él no usaba forro porque sentía menos, pero que tranqui: porque total él sabía cuándo sacarla. Años después fue papá y estábamos muy contentos por él, sin embargo, ahí creí descubrir el machismo, aunque no tenía las palabras para ponerle nombre a esa impotencia que sentía. Me parecía injusto recordar que, esa misma escuela católica años atrás no podía ni siquiera replantearse la idea de tener una alumna embarazada sin echarla, pero sí ahora podía tener un alumno padre como el campeón que se hizo cargo. Solo me acuerdo haber pensado que, me hubiera gustado que los libros me hayan enseñado sobre los privilegios masculinos y no, la experiencia misma.

Recién a los 17 nos hablaron de sexo. La profe de Religión nos dio nuestra primera clase de Educación Sexual para nada integral y completamente alejada de la perspectiva de género. Pasada rápida a los demás anticonceptivos y completa focalización en el método del calendario: debíamos conocer nuestro ciclo para una armoniosa planificación familiar porque así era como recomendaba -o imponía- la iglesia. Nos dijo que ella también daba clases en una escuela pública y que ahí sí hablaba de ‘todo’ porque ellas, por su falta de educación, no podían contenerse e igual lo iban a hacer. Nos hizo creer que las chicas como nosotras no teníamos sexo, aunque la mayoría ya haya tenido al menos una experiencia sexual. A veces me preguntaba de dónde habían germinado esas incontenibles ganas de llamar putas a todas, esa jerarquía de putez que medía cuán respetables -o no- éramos. Y ahora pienso en que, de ahí: nos hicieron construir un ellas y un nosotras, cuando en realidad lo único que necesitábamos saber era que, todas teníamos el mismo derecho a gozar sin adjetivos calificativos de por medio.

La charla terminaba con la aclaración de que, la masturbación era un acto egoísta, porque más allá de no tener fines reproductivos, tampoco buscaba el placer de ambos como núcleo, sino el de la individualidad. Ella acentuaba la necesidad de saber medir el placer del otre. Alguien preguntó cómo se medía el placer de las mujeres ya que nosotras ‘no eyaculábamos’. La profesora decidió dar respuesta ejemplificando con el vínculo sexo afectivo que la unía con su pareja. En síntesis, su esposo, tenía que saber aguantarse las ganas de acabar y durar más, porque sino ella no la iba a pasar tan bien.

Pienso en lo perverso de querer contraponernos entre ellas y nosotras, las putas y las que esperan al matrimonio, pero a la vez de enseñarnos que, en caso de querer tener sexo el único placer que conoceríamos sería el de la eterna penetración. Cuando me tocaron por primera vez me di cuenta que me gustaba ahí. ­ ¿Ahí dónde? ¿Cómo se llama ese lugar donde disfruto? ¿Por qué nunca me enseñaron sobre el clítoris? ¿Por qué nunca me enseñaron la potencialidad de goce que había más allá del pene?

Amiga me dice que le da vergüenza gozar. Bah, dice que le da vergüenza que se la chupen. Porque a nosotras la heteronormatividad nos enseñó a proyectarnos en lo simplista y binario de elegir entre ser las cautas que conseguirían marido o las peteras más pornográficas, pero llegar a intentar concebirnos como sujeto de goce nos vulnera, nos hace creer que estamos, quizás, pretendiendo del hombre demasiado. Y es por eso que creo que, parte primordial del feminismo es cargarnos en la espalda la revolución del deseo: lograr desvincularnos del rol de objeto de deseo para empezar a ser, de una buena vez y para siempre, sujetas que, en voz alta y sin vergüenza, desean y no tienen problema en hablar de eso.

 

-Texto: Metamorfosis Infinita

-Fotos: Franco Medina